lunes, 4 de enero de 2010

Desde la otra ventana



Todavía me acuerdo de ti. Solía soñar contigo por las noches, cuando caía el sol y ya nada me hacía olvidar mi soledad. Siempre te veía allí, asomada a tu balcón, al otro lado de la calle. Nos separaba un alto muro que dividía nuestras almas. Cada mañana te gritaban desde la acera cuando salías afuera, también desde mi edificio. A ti no te importaba, permanecías allí desafiante, mirándonos a todos, tratándonos de hipnotizar con tu cabello rubio, tu exuberante silueta pero sin concedernos jamás una mirada lasciva, ni tan siquiera un simple guiño. Creías estar segura de ti mismo. Vestías de seda y parecías no tener manchas en la ropa. Habías aparecido un día, de pronto... Sin pasado, con cientos de ilusiones. Te envidiábamos aunque no podíamos reconocerlo por miedo. Nosotros ya teníamos nuestras esposas en el edificio. Menos guapas, no tan perfectas como tú, pero al fin y al cabo eran las de toda la vida...

Luego empezaste a envejecer. Cambió tu forma de mirarnos y te asomabas menos a la terraza, replegándote en tus pensamientos y en las tareas de tu hogar. Dejaste de ser aquella imagen que se nos aparecía al tumbarnos en la cama, para ser una simple sombra. Quizás nunca fuiste lo que creíamos que eras. En la calle algunos ya nos habían advertido: no os fiéis que esa no es trigo limpio.

Parecía tan dulce. Su rostro desprendía tanta ilusión... No era posible. Debíamos habernos engañado. Aunque era tan real.

Finalmente dejó el piso, marchó. No se sabe dónde, algunos dicen de una isla. Cuentan que cambió sus vestiduras para volver a engañar a otros pobres ilusos. Quizás algún día no muy lejano otra chica llene el hueco que dejó. Al menos yo seguiré esperando desde mi ventana.

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