lunes, 16 de agosto de 2010

Elogio de la palabra


Todavía recuerdo cuando yo solía escribir. Al amanecer apuraba las últimas líneas, tras haberme refugiado en la oscuridad de la noche durante tanto tiempo. Contemplaba la hoja y me sentía libre. Escribía porque me sentía vivo, y aun acostumbrado al hedor de la muerte, componía frases, redactaba párrafos e incluso contaba historias que creía ya haber vivido.

La muerte era algo tan familiar como lejano. Y cada una de sus terribles melodías me obligaba a buscar una nueva letra para mis caducas canciones.

Me sentía vacío y jugaba con el tiempo, contando minutos, viendo pasar las horas. Denunciaba desde los altares de la inmortalidad, y olvidaba las responsabilidades del que vive. Los pasatiempos, los juegos, la estulticia y la ignorancia que arrojaba por la borda, quedándome tan solo con el fulgor de mi pluma, con mis sueños y mi ego.

Me embelesé entonces con el aroma del forzado encuentro. Busqué acaso, en vez de esperar a lo fortuito y casual. Me vendí a las circunstancias, olvidándome de mí mismo, satisfaciendo a su vez la ignorancia del que cree. Manché mis líneas, y dejé que se oxidasen.

Otorgué, y fui empujado a las tinieblas, al paredón de los sueños quebradizos, Me asomé por los balcones de la ignominia mundana, resalté momentos que me fueron ajenos, e incluso llegué a compartir las ideas de los muertos.

Hoy extasiado y humillado. Víctima de mi condición de individuo, consciente de mi papel como ser humano, vuelvo a sostener esa pluma que me hizo vivo, que me salvó de la corriente del tiempo, que me amparó en la soledad y me salvó de las garras de la muerte.