lunes, 16 de marzo de 2009

Ciencia y desarrollo


Es inconcebible pensar que Alfred Nobel en el momento de descubrir la dinamita pudiese haber imaginado las miles de personas que morirían en lo sucesivo gracias a ese explosivo plástico resultante de absorber la nitroglicerina en un material sólido poroso. Sin embargo pronto el sentimiento de culpa le invadió hasta tal punto que dedicó toda su fortuna personal para alimentar el desarrollo de la ciencia, una ciencia a la que en el fondo de su corazón pensaba haber fallado.

Distinta es la historia de Mijaíl Kaláshnikov. Al finalizar el desarrollo de su fusil Avtomat Kaláshnikov, modelo 1947, no pensaba haber creado el instrumento que por coyunturas históricas, más vidas humanas se fuese a cobrar en toda la historia de la humanidad, pero es innegable que era conocedor del fin de su invento. Él se excusó afirmando que había creado un arma que ayudara a defender las fronteras de su patria. Mientras que dice lamentar que esos fusil que reciben su nombre no hayan seguido los fines para los que fueron creados. A él no le ha invadido el sentimiento de culpa que siguió a Nobel hasta el fin de sus días.

De esta forma ¿son los científicos, los técnicos, los pensadores, los responsables de sus creaciones, o son aquellos que los llevan a la práctica los verdaderos culpables del mal empleo de sus innovaciones?

Tradicionalmente la ciencia ha ido ligada al desarrollo de los imperios, de las naciones. Esta ha estado supeditada y subvencionada por esos constructos políticos y su estrategia básica ha sido la del desarrollo, el fortalecimiento y el predominio de sus fronteras, de su cultura, de su bienestar.

Hoy la ciencia ha adquirido unas dimensiones globales. Como Ulrich Beck afirma en La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad, la ciencia ha escapado del campo de la política, pudiendo ahora tomar un camino que no siempre es el deseable. La ciencia ya no se encuentra supeditada a los deseos de naciones insaciables en deseos y fortuna, pero que al fin y al cabo nos han hecho progresar y llegar al lugar en el que nos encontramos ahora. Pero qué ocurrirá ahora que la ciencia depende de la libre iniciativa de los científicos, y se desarrolla en un mundo en el que cada vez más gente tiene acceso a la educación, y a la posibilidad de emplearla para fines no deseables, independientemente de las motivaciones de los propios creadores. La cuestión es compleja. No todas las personas albergarán el sentimiento de culpa que ahogó a Nobel, ni todas las personas ignorarán las consecuencias de sus inventos, mas aún si mientras tanto sueñan con el mal que pueden llegar a crear. Auschwitz o Kolyma fueron consecuencia de ese afán nacional por dominar a sus semejantes. Lo grave es que hoy en día cualquiera puede rememorar esos fatídicos acontecimientos, e incluso superarlos. Pero la clave para evitarlos no está en los campos de exterminio, ni en los montes donde luchan los niños-soldado,ni en Hiroshima o Nagasaki, ni en los que envían las cartas con antrax sino en los laboratorios, en las motivaciones de una ciencia en una continua evolución, y cada vez más difícil de controlar.

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