lunes, 25 de mayo de 2009

Golpes de efecto


Pese al temor e incomprensión que pueda suscitar el reciente ensayo nuclear de Corea del Norte, este hecho no es sino una jugada más de la particular partida de ajedrez que lleva manteniendo el régimen comunista con los Estados Unidos desde hace más de medio siglo. Tras la guerra entre EEUU y la Unión Soviética en territorio coreano (1950-1953) el norte y el sur se vieron obligados a emprender caminos distintos tras 1.200 años unificados. Mientras que el gobierno de Corea del Sur decidió convertirse en el perrito faldero de EEUU y constituirse como un títere de los intereses de este en la región, Corea del Norte edificó un régimen autónomo tanto de China como de la URSS y que explotaría el filón que suponía ser una pieza de interés para ambos, recibiendo apoyo económico, militar y logístico, sin llegar a supeditarse a ninguno de los dos. Kim Il Sung creó un estado totalitario de tintes estalinistas en el que un pensamiento artificial y fabricado por el nuevo régimen; el juche, sería impuesto a toda la población. Este pensamiento que sería una mezcla derivada de la unión del cristianismo y del confucionismo se sustentaba en tres pilares: Líder (Padre), pueblo (Hijo) y partido (Espíritu Santo). El estado, dirigido por el venerado líder debía constituirse como una cosa absoluta e indisoluble. Durante la Guerra Fría ambos estados sufrieron un fuerte crecimiento económico dirigido desde el gobierno. Sin embargo las cosas cambiaron durante los años 80. El bloque soviético fue progresivamente desintegrándose y China decidió pasar a formar parte del mercado global. Ello, unido a la crisis alimentaria que sufrió Corea del Norte a lo largo de la década, hizo que a inicios de los 90 el país se encontrase empobrecido y aislado internacionalmente. Corea del Sur sin embargo había emprendido un camino distinto. Pese a seguir estando supeditada a los intereses americanos y de soportar la pesada carga de 37.000 soldados permanentes en el territorio, mantenían un desarrollo que hasta la crisis del 97 se mostró como prácticamente ilimitado.

Corea del Norte deseaba mantener su autonomía, esa soberanía que por fin habían logrado mantener después de siglos de invasiones (dice la leyenda que Corea ha sufrido a lo largo de su historia un total de 2.000 invasiones) y que no estaban dispuestos a tirar por la borda como se supone habían hecho los surcoreanos. Así pues tratarían de llevar un modelo de desarrollo similar al de sus vecinos del sur, pero sin hacer peligrar el régimen. Es decir, llevar a la práctica el viejo lema de licores occidentales pero sueños orientales. En definitiva, cambiar de ropa, pero sin cambiar el alma.

Pero lo cierto es que no ha tenido suerte el gobierno norcoreano a la hora de abrirse, topándose una y otra vez con la negativa estadounidense a iniciar relaciones bilaterales. Durante la era Clinton se combinaron las zanahorias y los palos, dependiendo de la situación se acercaron o alejaron posturas, llegando a estar a finales del segundo mandato cercanos a llegar acuerdos.
Sin embargo el cambio de política en la era Bush empujó a Corea del Norte al fondo del armario y se cambió el hasta ahora modelo de zanahorias y palos por el de ninguna zanahoria y muchos palos. Los intentos de Corea del Norte por iniciar negociaciones en los inicios de la era Bush fueron recompensados con la inclusión del país en la lista de rogue states, para que de alguna forma un país asiático hiciese contraste con el grueso de países árabes que conformaban la lista.

Durante la era Bush, Corea ha continuado marginada y la política estadounidense se ha basado en estudios pronosticando hipotética la caída del régimen.

A EEUU el futuro de Corea del Norte le importa bien poco. Es más, la necesidad de enemigos para mantener el gasto militar, y la necesidad de un lugar en el que ubicar a los 37.000 soldados estacionados en Corea del Sur, hace que un régimen no afín resulte útil. De menor utilidad sería una Corea unificada y fuerte capaz de competir con China, Rusia y Japón en el sudeste asiático; la zona que presumiblemente a medio-largo plazo se constituirá como la más dinámica y desarrollada del mundo.

Pero hay que entender que las ambiciones del pueblo surcoreano (igual que las del norcoreano) pasan por la unificación. Ambos países mantienen contactos desde hace varias décadas y las inversiones surcoreanas en el Norte se han materializado en parques tecnológicos, estadios, zonas industrializadas... No hablamos de cantidades excesivamente relevantes, pero estas evidencian un cambio de política en los últimos años en lo referente a una posible reunificación. El fomento del turismo en distintas zonas de ambos países, la creación de una carretera, de un ferrocarril interregional o las reuniones de familias separadas son muestras de que la confrontación que simbolizaron durante la guerra fría no se corresponde con los sentimientos que mantienen los habitantes coreanos.

Ahora bien, el régimen de Corea del Norte no está dispuesto a una unificación desigual en la que sea el sur (hasta ahora las inversiones han sido de 2 a 1 a favor del Sur) el que absorba al norte. El ejemplo de Alemania occidental y oriental es bastante significativo para entender las reticencias de los generales de Kim Yong Il (hijo de Kim Il Sung).

Evidentemente la nordpolitik surcoreana está inspirada en la ostpolitik emprendida por Alemania occidental durante la caída del Muro de Berlín, y en esas condiciones ahora mismo parece imposible llegar a acuerdos.

Así pues hablamos de Corea del Norte como un país aislado, que es líder mundial en la violación de los Derechos Humanos y que se mantiene obstinado a perder lo único que le queda, el orgullo nacional, la soberanía sobre su territorio y la identidad de un régimen que tarde o temprano caerá. Condenado al aislamiento o a la desintegración, y ante unas perspectivas de futuro tan negras no es de extrañar que el programa nuclear sea una pieza básica en la política norcoreana. Corea del Norte ha encontrado algo que le permita tener algo de peso a la hora de sentarse a la mesa en unas posibles negociaciones y no ser un simple esqueleto a punto de ser devorado por unas fieras al acecho.

Eso ha hecho que la comunidad internacional la aísle aún más, pero para ella el programa nuclear es la única forma de alcanzar una categoría de igualdad dentro del sistema internacional y de poder hablar de tú a tú con sus rivales.

Los recientes ensayos nucleares se ajustan a una lógica tremenda. Corea del Norte inició sus conversaciones en la era Bush con alabanzas al diálogo y a la cooperación, sin embargo lo que se encontró fue rechazo y aislamiento. El discurso de navidad de este año 2009 proclamaba idénticas directrices para el nuevo ciclo que se iniciaba con Barack Obama, pero lo cierto es que Corea del Norte no ha sido uno de los objetivos principales dentro de la lista de actuaciones del presidente estadounidense en materia de política exterior durante estos primeros meses de mandato, lo que ha empujado al régimen a tomar decisiones y digamos que corregir errores del pasado. Me niego a afirmar que hablamos de un gobierno loco o de una seria amenaza. Corea del Norte ha dado un golpe en la mesa y ha elevado su voz para iniciar negociaciones, pero con un aval que le permita negociar y no obedecer.

La patata la tiene ahora Obama, y todo parece indicar que las presiones sobre el gobierno norcoreano se intensificarán y que las sanciones aumentarán, de forma que su aislamiento internacional tiene pinta de perpetuarse. Mala señal, porque la desesperación puede hacer que el próximo golpe sobre la mesa sea mucho más fuerte y 20 kilotones no son para tomárselos a broma.

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