miércoles, 29 de julio de 2009

Fronteras de papel



¿Qué somos? Para el estado somos un nombre, con un sexo, una edad, una procedencia y una ubicación. Somos un número de una serie, inexistente hasta el instante en que tengamos capacidad de voto e improductivo hasta que nos llegue la hora de contribuir. Desde arriba no somos sino pequeñas hormigas que conviene tener ubicadas en un afán de control que supera las cotas de libertad individual que afirman defender los políticos. Somos una dirección a la que deben llegar nuestras multas, nuestros impuestos y la propaganda de los partidos políticos, pero a la que nunca arribará una felicitación de navidad. Vivimos en un sistema que nos encasilla, en un piso de una calle de una determinada ciudad. Eso es lo que somos, el propietario de ese enclave, y nuestra existencia se limita a ello. No importa si nosotros deseamos ser identificados como habitantes de ese determinado lugar, el estado se adelanta a tal propósito colocándonos un cartel. De esta forma nuestra identidad marcada por el DNI da muestras del sedentarismo del sistema, de su rigidez y hermetismo. No importa si un ciudadano puede vivir a lo largo del año en distintos lugares, o que simplemente no se siente identificado como habitante de un determinado lugar, el estado le obliga a sentirse parte de una burbuja que poco tiene de natural. El hombre en su afán de posesión se siente propietario de todo lo material, incluso del mundo, ese que da cobijo al cielo y la tierra, a lo material e inmaterial y de cuya existencia parece depender nuestro propio cosmos. El hombre planta su bandera en lugares de los que se siente legítimo poseedor, aún cuando otros tantos habían habitado, visitado o conocido antes. El mundo carece de dueño y simplificar su composición a simples parcelas resulta despreciable, pues su cuidado y conservación debería gestionarse desde una perspectiva mucho más amplia. Vivimos en un mundo marcado por el conflicto y la violencia, en el que la posesión del dominio siempre tiene un papel clave. La reivindicación de un recurso, de una parcela, de unas fronteras, de una bandera empuja al hombre a sacrificar su vida y lo que es más grave aún, la de los demás. El origen de la guerra se haya en el sedentarismo, pues un mundo de carácter nómada e itinerante en el que todos seamos iguales en procedencia pero distintos en sueños, en metas y en objetivos marcaría una existencia pacífica en este mundo tan amplio y complejo como para simplificar en parcelas, números y nombres.

La debilidad de nuestras ideas


¡Las ideas! ¡No son más que unas azotacalles, unas vagabundas que vienen a llamar a la puertecilla falsa del entendimiento, y cada una os roba algo de vuestra sustancia, cada una se lleva alguna migaja de aquella creencia en unos cuantos sencillos conceptos a los cuales tenemos que agarrarnos, si es que queremos vivir decentemente y morir bien!
             
                                                           Lord Jim, Joseph Conrad

La realidad es infinita, por tanto imposible de dividir en pequeñas partículas llamadas ideas, pues siempre tratarán de sintetizar vagamente existencias mucho más amplias y complejas. Son trazos irregulares que buscan copiar la definición de rectitud, aún cuando esta sea imposible de representar por la mente humana. El hombre con su entendimiento y sus defectos es incapaz de comprender lo que le rodea, es posible que sus construcciones intelectuales lleguen a gozar de una verosimilitud y de una apariencia que hagan sentirnos atraídos por su fuerza interna, pero siempre guiados por nuestra mente humana. Intentar encajar nuestros pensamientos en el esquema de las ideas extramentales y del mundo de la razón es prácticamente imposible, impensable, pues pertenecen a otra esfera, a la que no tenemos acceso, y de la que no debemos creernos partícipes. El individuo no goza de la suficiente fuerza, y es su autoestima y son sus sueños lo que le empuja a situarse más allá de sus capacidades. Los límites deben ser marcados por el propio hombre, de otro modo caeremos en el error e iremos mermando nuestra alma y en parte la de nuestros semejantes. Cada vez que tratamos de crear un círculo más amplio de lo que puede llegar a ser, estamos minando nuestra existencia y la del mundo que nos rodea.

Sueños y errores



¿Qué son los sueños sino la esperanza de tiempos mejores? La necesidad de aciertos tras innumerables fallos, de amplios valles tras kilómetros de cordilleras. Un sueño es un oasis en un desierto, o una isla en un océano. Es lo que activa tus músculos para dar un paso adelante, es lo que te ayuda a levantarte cada mañana. Los sueños alimentan nuestra alma. Nuestros errores sin embargo van desgastándola poco a poco. Estos nos hacen sentir menos capacitados ante las vicisitudes a las que habrá de enfrentarse nuestro destino y van generando una carga muy difícil de soportar. Van acrecentando la invalidez de nuestra persona y a raíz de ella nuestra concepción de lo humano y del deber ser. Es natural sentir las huellas de nuestros actos pues no tener presente nuestra propia responsabilidad sería olvidar nuestra existencia como algo tangible. Sería olvidar nuestra composición, y la de la especie a la que pertenecemos. El corazón humano es lo suficientemente poderoso como para encerrar el mundo entero. Es lo bastante fuerte para resistir tropiezos después de subidas, y es valioso para resistir el peso de los acontecimientos, y pese a sus desdichas se muestra incapaz de soltarse a esa fuente de sus miserias, y se aferra a ella como un náufrago a una estaca en medio del mar. El hombre carece de valor, y es la permanente creencia en poder alcanzar sus sueños lo que le da fuerzas para esconder en el fondo de sus recuerdos los fallos cometidos, aún cuando estos duelan de un modo similar al del contacto del hierro fundido sobre la piel. Soñar y errar son elementos básicos de la existencia humana y ambos determinarán nuestros caminos. Son circunstancias que moldean la entereza con que nos enfrentamos a nuevos retos, pero son ambos necesarios para olvidar que somos únicos e irrepetibles entre muchos otros. No somos dioses ni ceniza, sino simples personas.

martes, 7 de julio de 2009

¿Y quién vive?



''...su brillo, perdido en la oscuridad del nublado, hubiese ejercido la misteriosa fuerza de la mirada humana, capaz de despertar sentimientos de remordimiento y de compasión. Habría dicho entonces: Aquí estoy, continúo aquí. y ¿qué más pueden decir los ojos del más abandonado de todos los seres humanos?''
                                                                                                                    Lord Jim, Joseph Conrad


Leía el otro día este fragmento de Lord Jim cuando de pronto me vino a la mente la imágen de la última entrada de este blog. Para aquellos que hayan visto Blade Runner sabrán de qué se trata: la mirada del replicante Roy Batty momentos antes de morir. El único momento en su vida en que se había sentido valorado, el instante en que Rick Deckard (Harrison Ford) mediante el simple gesto de una mirada reconocía en él una dignidad que otros habían negado. El replicante conducido por la exclusión y el aislamiento había llevado una vida de terror y de odio. En el momento en que alguien reconoce en él una pizca de dignidad su vida deja de tener sentido. Una simple mirada, un guiño de complicidad le permite sacar de dentro un sentimiento oculto de amor al prójimo. Algo incompatible con su mundo, en el que el mero hecho de ser distinto le obligaba a vivir al márgen. El replicante había vivido con miedo. Es eso lo que significa ser esclavo, ser privado de un aprecio y de un reconocimiento. Significa ser colocado un escalafón por debajo de los demás, sirviendo a sus intereses y resultando improductivo e indeseable pensar por sí mismo. Es lo que empuja a la sociedad a controlar al distinto, a aquel que no piensa como debería según los parámetros establecidos y que trata de sustituir el ser por el deber ser. Lastima morir, ¿pero quién vive? ¿Quién de nosotros puede afirmar no ser esclavo? ¿Quién es capaz de decir que es verdaderamente libre?

¿Y por qué aún sin tener la seguridad de ser completamente libres, tratamos de distinguir entre las personas, realizando jerarquías y diferenciando basándonos en criterios prefabricados contrarios a nuestra dignidad y naturaleza?. ¿Es necesario mirar a los ojos al otro como hizo Rick a Roy para mostrar nuestra solidaridad? Una mirada humana es muy significativa, pero no debemos limitar el compás del latido de nuestro corazón a aquello que quede dentro de nuestro campo visual. La desigualdad se plasma en miles de momentos, y todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. No pienso que sea hora de morir, sino de vivir de otra forma.

viernes, 26 de junio de 2009

Bolonia: hombres y máquinas



Creo en el sistema en que vivimos. Creo en la rivalidad como un instrumento orientado a la victoria. Creo en la competencia como un enfrentamiento que determina el más fuerte. La sed de superación, la ambición de ser primero empuja a las personas a dar lo mejor de sí mismas. Pienso que el modelo de crecimiento más efectivo es aquel que se basa en esas condiciones de disputa. De otra forma el hombre desde una posición acomodaticia no vería el riesgo de quedar desplazado por el otro, y el fruto de su trabajo sería mucho menos beneficioso que el que generaría en medio de un duelo.

Pero por otro lado le doy la razón a Walt Whitman en que el hombre contiene multitudes, y sé que esas multitudes pueden escapar a su propia naturaleza. El ser humano puede ser capaz de hipotecar su dignidad, y en especial la de los demás por el mero hecho de superarse, de crecer, de aumentar sus beneficios. El mercado tiene sus deficiencias y olvidarlas sería querer mantener una confianza permanente en el individuo, cuando este ha destacado a lo largo de los siglos por ser egoísta e insolidario. La explotación del hombre por el hombre, una lógica que llega a nuestros días y que demuestra el lado más abyecto de la rivalidad.

La historia nos permite reflexionar en nuestro pasado, y aprender de los errores cometidos. El sujeto puede llegar a ser inmenso, pero requiere de una correa, de una limitación que permita aprovechar los beneficios de la competitividad, pero a su vez proteja al débil, al harapiento, evitando hacer del sistema una jungla. Es en nuestros días el Estado ese instrumento encargado de garantizar el bienestar de las personas, del individuo, siendo ello el verdadero fin del sistema.

De esta forma reconozco en esa construcción artificial que es el Estado un papel de salvaguarda de las exigencias individuales, pero también de las colectivas. De todo aquello que nos una y nos haga vivir como comunidad, pues el hombre lleva miles de años siendo un animal social.

El progreso económico y material está supeditado a ese afán de lucro, de disputa y de superación, pero el progreso humano, social y moral depende de aquel medio que garantice la libertad del individuo, que permita actuar a los hombres en comunidad, reconociéndoles sus derechos.

Nuestro futuro necesita de la correcta interrelación de ambas variables, y pecaremos de ingenuidad ideológica siempre que nos encomendemos de forma exclusiva a una única de ellas.

El plan Bolonia puede llegar a resultar muy peligroso. Implica la mercantilización del mundo universitario. El conocimiento es orientado a los beneficios privados, siendo estos el fin de la educación universitaria. Olvidamos las exigencias sociales, comunitarias, incluso cuando es la propia sociedad la que por medio del Estado financia la universidad. Ésta y el conocimiento se convierten en fases previas a la rivalidad que imperará en el mercado del trabajo. Una dialéctica muy similar a la platónica, en la que a cada uno se le asignará un papel según su naturaleza y sus capacidades, pero siendo ahora la posición dentro del sistema económico la que determine la validez de la persona, y no su pertenencia y su aporte a la comunidad. Las becas disminuirán para evitar pagar el absentismo y la financiación de estudiantes incapaces de terminar sus estudios, pero no habrá una contraprestación hacia los futuros estudiantes para motivarles y animarles a estudiar, sino que por el contrario se disminuirá el número de alumnos en las universidades y serán madriguera de las élites.
Se incentivará de esa forma el esfuerzo, pero el fin no será el sacrificio de los estudiantes, y la vuelta a virtudes que olvidamos tiempo atrás, sino que el verdadero objetivo será reducir el número de matriculaciones, siguiendo una simple operación matemática destinada a reducir costes.

Se cederá el desarrollo del conocimiento y el progreso de nuestra civilización a entidades privadas cuya naturaleza se muestra incompatible con estas, pues el verdadero interés es el beneficio y el crecimiento. Olvidamos el papel del Estado, y convertimos a los alumnos en simples proyectos de trabajadores cuya valía se medirá por su ajuste al mercado laboral.

Olvidamos que el futuro pende de las personas como individuos críticos y autónomos, independientes del estado, independientes de la economía. Individuos que sean conscientes de los peligros de la rivalidad entre las personas, igual que sean conscientes del peligro de la invasión de poder del Estado en la esfera privada. El conocimiento no puede ser títere de nadie, y no se puede jugar y menos comerciar con él, pues es sólo patrimonio de las personas. No debe servir a intereses estatales ni económicos, el conocimiento debe orientarse al libre-pensamiento, al progreso intelectual, a la solidaridad y a la comprensión. Todo ello depende de su autonomía, y Bolonia atenta contra esa independencia. Un mundo mejor es posible dentro de este sistema, pero de ello depende la conciencia de las personas. Impedir su libre desarrollo es impedir avanzar la sociedad, y eso lo único que hace es desacreditar el sistema. El mundo ya está plagado de máquinas, evitemos ser una más. Como muy acertadamente apuntaba Charles Chaplin en el Gran Dictador ¡Vosotros no sois máquinas!, ¡sois hombres!. Tratemos de no olvidarlo.

lunes, 25 de mayo de 2009

Golpes de efecto


Pese al temor e incomprensión que pueda suscitar el reciente ensayo nuclear de Corea del Norte, este hecho no es sino una jugada más de la particular partida de ajedrez que lleva manteniendo el régimen comunista con los Estados Unidos desde hace más de medio siglo. Tras la guerra entre EEUU y la Unión Soviética en territorio coreano (1950-1953) el norte y el sur se vieron obligados a emprender caminos distintos tras 1.200 años unificados. Mientras que el gobierno de Corea del Sur decidió convertirse en el perrito faldero de EEUU y constituirse como un títere de los intereses de este en la región, Corea del Norte edificó un régimen autónomo tanto de China como de la URSS y que explotaría el filón que suponía ser una pieza de interés para ambos, recibiendo apoyo económico, militar y logístico, sin llegar a supeditarse a ninguno de los dos. Kim Il Sung creó un estado totalitario de tintes estalinistas en el que un pensamiento artificial y fabricado por el nuevo régimen; el juche, sería impuesto a toda la población. Este pensamiento que sería una mezcla derivada de la unión del cristianismo y del confucionismo se sustentaba en tres pilares: Líder (Padre), pueblo (Hijo) y partido (Espíritu Santo). El estado, dirigido por el venerado líder debía constituirse como una cosa absoluta e indisoluble. Durante la Guerra Fría ambos estados sufrieron un fuerte crecimiento económico dirigido desde el gobierno. Sin embargo las cosas cambiaron durante los años 80. El bloque soviético fue progresivamente desintegrándose y China decidió pasar a formar parte del mercado global. Ello, unido a la crisis alimentaria que sufrió Corea del Norte a lo largo de la década, hizo que a inicios de los 90 el país se encontrase empobrecido y aislado internacionalmente. Corea del Sur sin embargo había emprendido un camino distinto. Pese a seguir estando supeditada a los intereses americanos y de soportar la pesada carga de 37.000 soldados permanentes en el territorio, mantenían un desarrollo que hasta la crisis del 97 se mostró como prácticamente ilimitado.

Corea del Norte deseaba mantener su autonomía, esa soberanía que por fin habían logrado mantener después de siglos de invasiones (dice la leyenda que Corea ha sufrido a lo largo de su historia un total de 2.000 invasiones) y que no estaban dispuestos a tirar por la borda como se supone habían hecho los surcoreanos. Así pues tratarían de llevar un modelo de desarrollo similar al de sus vecinos del sur, pero sin hacer peligrar el régimen. Es decir, llevar a la práctica el viejo lema de licores occidentales pero sueños orientales. En definitiva, cambiar de ropa, pero sin cambiar el alma.

Pero lo cierto es que no ha tenido suerte el gobierno norcoreano a la hora de abrirse, topándose una y otra vez con la negativa estadounidense a iniciar relaciones bilaterales. Durante la era Clinton se combinaron las zanahorias y los palos, dependiendo de la situación se acercaron o alejaron posturas, llegando a estar a finales del segundo mandato cercanos a llegar acuerdos.
Sin embargo el cambio de política en la era Bush empujó a Corea del Norte al fondo del armario y se cambió el hasta ahora modelo de zanahorias y palos por el de ninguna zanahoria y muchos palos. Los intentos de Corea del Norte por iniciar negociaciones en los inicios de la era Bush fueron recompensados con la inclusión del país en la lista de rogue states, para que de alguna forma un país asiático hiciese contraste con el grueso de países árabes que conformaban la lista.

Durante la era Bush, Corea ha continuado marginada y la política estadounidense se ha basado en estudios pronosticando hipotética la caída del régimen.

A EEUU el futuro de Corea del Norte le importa bien poco. Es más, la necesidad de enemigos para mantener el gasto militar, y la necesidad de un lugar en el que ubicar a los 37.000 soldados estacionados en Corea del Sur, hace que un régimen no afín resulte útil. De menor utilidad sería una Corea unificada y fuerte capaz de competir con China, Rusia y Japón en el sudeste asiático; la zona que presumiblemente a medio-largo plazo se constituirá como la más dinámica y desarrollada del mundo.

Pero hay que entender que las ambiciones del pueblo surcoreano (igual que las del norcoreano) pasan por la unificación. Ambos países mantienen contactos desde hace varias décadas y las inversiones surcoreanas en el Norte se han materializado en parques tecnológicos, estadios, zonas industrializadas... No hablamos de cantidades excesivamente relevantes, pero estas evidencian un cambio de política en los últimos años en lo referente a una posible reunificación. El fomento del turismo en distintas zonas de ambos países, la creación de una carretera, de un ferrocarril interregional o las reuniones de familias separadas son muestras de que la confrontación que simbolizaron durante la guerra fría no se corresponde con los sentimientos que mantienen los habitantes coreanos.

Ahora bien, el régimen de Corea del Norte no está dispuesto a una unificación desigual en la que sea el sur (hasta ahora las inversiones han sido de 2 a 1 a favor del Sur) el que absorba al norte. El ejemplo de Alemania occidental y oriental es bastante significativo para entender las reticencias de los generales de Kim Yong Il (hijo de Kim Il Sung).

Evidentemente la nordpolitik surcoreana está inspirada en la ostpolitik emprendida por Alemania occidental durante la caída del Muro de Berlín, y en esas condiciones ahora mismo parece imposible llegar a acuerdos.

Así pues hablamos de Corea del Norte como un país aislado, que es líder mundial en la violación de los Derechos Humanos y que se mantiene obstinado a perder lo único que le queda, el orgullo nacional, la soberanía sobre su territorio y la identidad de un régimen que tarde o temprano caerá. Condenado al aislamiento o a la desintegración, y ante unas perspectivas de futuro tan negras no es de extrañar que el programa nuclear sea una pieza básica en la política norcoreana. Corea del Norte ha encontrado algo que le permita tener algo de peso a la hora de sentarse a la mesa en unas posibles negociaciones y no ser un simple esqueleto a punto de ser devorado por unas fieras al acecho.

Eso ha hecho que la comunidad internacional la aísle aún más, pero para ella el programa nuclear es la única forma de alcanzar una categoría de igualdad dentro del sistema internacional y de poder hablar de tú a tú con sus rivales.

Los recientes ensayos nucleares se ajustan a una lógica tremenda. Corea del Norte inició sus conversaciones en la era Bush con alabanzas al diálogo y a la cooperación, sin embargo lo que se encontró fue rechazo y aislamiento. El discurso de navidad de este año 2009 proclamaba idénticas directrices para el nuevo ciclo que se iniciaba con Barack Obama, pero lo cierto es que Corea del Norte no ha sido uno de los objetivos principales dentro de la lista de actuaciones del presidente estadounidense en materia de política exterior durante estos primeros meses de mandato, lo que ha empujado al régimen a tomar decisiones y digamos que corregir errores del pasado. Me niego a afirmar que hablamos de un gobierno loco o de una seria amenaza. Corea del Norte ha dado un golpe en la mesa y ha elevado su voz para iniciar negociaciones, pero con un aval que le permita negociar y no obedecer.

La patata la tiene ahora Obama, y todo parece indicar que las presiones sobre el gobierno norcoreano se intensificarán y que las sanciones aumentarán, de forma que su aislamiento internacional tiene pinta de perpetuarse. Mala señal, porque la desesperación puede hacer que el próximo golpe sobre la mesa sea mucho más fuerte y 20 kilotones no son para tomárselos a broma.

martes, 19 de mayo de 2009

Aborto: Sí o No



Con motivo del reciente anteproyecto de ley sobre el aborto presentado al parlamento expondré mi posición acerca del tema.

Los tiempos cambian y con ellos la forma de pensar y de actuar de las personas.
La nueva ley del aborto vuelve a abrir aquel viejo debate sobre el aborto si o aborto no que teóricamente fue cerrado en 1985 pero cuyas heridas todavía se encuentran lejos de haber sanado. Independientemente de las circunstancias que han llevado al gobierno a presentar esta ley (hacer que la gente se posicione ideológicamente ante una cuestión de este índole y encubrir su nefasta gestión de la crisis que está asolando a nuestro país) y de la escasa demanda social que esta ley tenga, lo cierto es que la ley de 1985 está más que caducada y la exigencia de una nueva ley es algo imperativo.

¿Pero es esta la ley que hemos de aceptar como solución a un tema tan delicado como el aborto?
Evidentemente no.

Una ley nueva es necesaria porque la ley anterior discrimina a la mujer. Las discrimina en el sentido de que aquellas mujeres que tienen capacidad económica de pagarse un viaje al extranjero y practicarse un aborto lo hacen (debido a la inexistencia de una regulación a nivel internacional). También es necesario entender la coyuntura actual, y es que hoy día el número de mujeres solteras que se quedan embarazadas es mucho mayor, y quedan expuestas a la presión de familiares, novio, ideologías... sin contar con ningún mecanismo que las ampare. De esta forma entiendo que la antigua ley se muestra como machista, desigual y no se enfrenta a la realidad que vivimos.

La nueva ley ya no solo falla en la forma (busca ser un bálsamo frente a la no-gestión de la crisis), sino también en el fondo.

Al margen de aquellas personas que consideran el aborto algo natural, históricamente legitimado, opcional y válido, entiendo que la mayor parte de la sociedad vemos el aborto como algo repulsivo y traumático. No es nada agradable ver un feto reducido a trocitos como se puede observar en cualquiera de las campañas contra el aborto.

Pero pese a lo indeseable del aborto, pues es la interrupción de un embarazo natural, es válido en el sentido de que protege el derecho de la mujer a elegir.
Y ciñéndonos a nuestro Código Penal, prevalece el bien jurídico de la mujer embarazada a elegir a aquel que protege al feto y la vida en formación.
La legislación siempre ha otorgado superioridad a la decisión de la mujer a elegir y es por ese derecho por el que el aborto en distintos supuestos está legalizado en nuestro país.

Sin embargo el fondo de la cuestión al que antes me he referido es el que a mi modo de ver impregna esta ley. Y es que si bien reconocemos como ejemplos a seguir países como Holanda en los que la formación y la educación sexual hace que el número de abortos sea bajísimo, ¿Cómo hemos de apoyar una ley que aunque reduzca las desigualdades frente al aborto, fomenta la practica de este?

El aborto es una opción, pero debe ser la última de las opciones. La ley actual otorga a las mujeres y especialmente a las menores de 18 años (hasta 16 años), unos derechos que no se corresponden con el grado de madurez y de educación sexual que tienen.

La mayor parte de los embarazos en nuestro país (97%) se dan por la falta de prevención y del escaso uso de los métodos anticonceptivos. ¿Cómo hemos de permitir precisamente una ley que fomenta la curación y no la prevención, cuando el número de abortos que se dan cada año avala la escasa educación sexual de las españolas? Esta nueva ley no va a reducir el número de abortos, ni va a mejorar la conciencia de las españolas acerca de su sexualidad. Más bien va a derivar en un mayor número de embarazos, de abortos y en la continuación de la arbitrariedad de las españolas en referencia a su sexualidad.

Esta ley convierte el aborto en una opción y no en una obligación, que es lo que debe ser. El aborto se constituye como la última opción de la mujer a no tener un hijo, pues es costoso y traumático. La solución pasa por la igualdad de las mujeres frente al aborto, pero no hemos de empezar la casa por el tejado. Lo primero es el preservativo, lo segundo la píldora del día después, lo tercero la píldora abortiva, y el último recurso el aborto. No hemos de entender que existe una gama de opciones y que dependiendo del día pueda una mujer decidirse por una u otra. La mujer ha de ir agotando opciones hasta que no le quede otra que abortar. Será entonces cuando el aborto sea minoritario, porque las mujeres tendrán una mayor conciencia, el número de mujeres con trastornos posteriores al aborto será menor, y el debate no será tal, porque estaremos hablando de una excepción.

Ese debe ser el fondo de la cuestión, el de prevenir y no el de curar.