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martes, 12 de enero de 2010

Manifestaciones alimenticias


Como es común en nuestros días hacer gala de la más absoluta extroversión, que no despótica, al menos por mi parte, declararé mi apoyo a dos manifiestos que veo importantes.

1. El manifiesto en defensa de los derechos fundamentales en internet.
2. El manifiesto en defensa de la libertad de decidir qué alimento tomar.

El primero es bien conocido por la mayoría y no entraré en detalles. El segundo se me acaba de ocurrir y como en la red todo vale, al menos en cuanto a supresión de la intimidad y del espacio privado se refiere, pues me animo a declararme en favor de la libertad de poder decidir qué alimento tomar. Evidentemente demasiadas cosas deberían de pasar para que se cumpliese este postulado. Primero que personas que ni siquiera pueden comer algo y que mueren de inanición pudiesen tener acceso a distintas variedades de alimentos. Y segundo, que personas que siguen los más estrictos dogmas nacidos de su religión, dejasen de lado sus creencias, para disfrutar del placer prohibido en forma de bocadillo de jamón, leche recién ordeñada o de  filete de ternera sacrificado mirando a Pamplona y ampliasen si bien no se consiguiese de esa forma sus horizontes culturales, al menos sus horizontes gastronómicos. Como no voy a ser menos, me voy a amparar en una frase de un texto religioso, para fundamentar mi manifiesto en algo más que en el placer de comer - que no es poco, ojo -

"Infundiréis temor y pavor a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todo lo que repta por el suelo, y a todos los peces del mar; vuestros son. Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento: todo os lo doy, lo mismo que os di la hierba verde" (G n. 9,2-3).

Por cierto, olvido incluir una cláusula, y es que el consumo del alimento en cuestión se haga respetando la materia prima, evitando en la medida de lo posible los productos químicos que alteren el verdadero sabor del mismo y por último tratando de garantizar la continuidad de las especies vegetales o animales (desde luego no a partir de la sobreexplotación abusiva del medio). Así pues, saludos y buen provecho a aquellos que secunden mi manifiesto.

PD: No hay nada mejor que una comida para limar asperezas, y si los comensales se respetan unos a los otros y no juegan con ella, resulta sencillo entenderse. Falta un buen licor que todos estén dispuestos a probar.

viernes, 8 de enero de 2010

Sin ti no soy nada


“Cuando alma y espíritu/ y cuerpo sepan,/ y la luna sea bella porque la amé/ y el mundo esté parado al filo/ de la memoria y/ sangre la luz detrás/ del baño de su gracia,/ obligaremos al futuro/ a volver otra vez. Allí/ todos los ojos serán uno/ y la palabra volverá a palabrear/ contra sus criaturas./ Se acabará la eternidad y el poema/ buscará todavía su/ tripulación y lo/ que no pudo nombrar, tan lejos”.  Juan Gelmán (Sucederá)


Dicen que en el fondo no existes, que todo lo que se ha dicho de ti son leyendas, falsas profecías de egocéntricos personajes, bulos creados para engañar a los ilusos, a los dementes, a los adúlteros visionarios, esclavos de la utopía. Aun así continuo intentando soñar contigo. Te veo junto a mí, sonriendo, borrando el dolor de las horas, cortando con fuerza el fragor de las olas. Me ayudas a imaginarte en un tiempo aun por venir, y a la vez me ayudas a imaginarme a mi mismo. Te necesito en este instante, para no estar de espaldas al mundo en que me gustaría vivir, deshonrando a mis antepasados, perdiéndome en los reflejos que no supe vislumbrar, pero a la vez seré egoísta y exigiré tu presencia mañana. No quiero que un día, tras haber coronado aquella cima te hayas diluido en la historia, y que no hayas sido más que un episodio cualquiera, una mera casualidad. Quiero imaginarte blanca como el nácar, inmaculada y virgen como la nieve que hoy atraviesa mi ventana y trata de helar mi espíritu. Nada me importa, pues con fuerzas me veo de enfrentarme a ella. Sé que tú me estás ayudando, y que no debo de dejar de pensar en ti para que algún día tenga la seguridad de estar sentado a tu lado, cerca, muy cerca.

lunes, 4 de enero de 2010

Desde la otra ventana



Todavía me acuerdo de ti. Solía soñar contigo por las noches, cuando caía el sol y ya nada me hacía olvidar mi soledad. Siempre te veía allí, asomada a tu balcón, al otro lado de la calle. Nos separaba un alto muro que dividía nuestras almas. Cada mañana te gritaban desde la acera cuando salías afuera, también desde mi edificio. A ti no te importaba, permanecías allí desafiante, mirándonos a todos, tratándonos de hipnotizar con tu cabello rubio, tu exuberante silueta pero sin concedernos jamás una mirada lasciva, ni tan siquiera un simple guiño. Creías estar segura de ti mismo. Vestías de seda y parecías no tener manchas en la ropa. Habías aparecido un día, de pronto... Sin pasado, con cientos de ilusiones. Te envidiábamos aunque no podíamos reconocerlo por miedo. Nosotros ya teníamos nuestras esposas en el edificio. Menos guapas, no tan perfectas como tú, pero al fin y al cabo eran las de toda la vida...

Luego empezaste a envejecer. Cambió tu forma de mirarnos y te asomabas menos a la terraza, replegándote en tus pensamientos y en las tareas de tu hogar. Dejaste de ser aquella imagen que se nos aparecía al tumbarnos en la cama, para ser una simple sombra. Quizás nunca fuiste lo que creíamos que eras. En la calle algunos ya nos habían advertido: no os fiéis que esa no es trigo limpio.

Parecía tan dulce. Su rostro desprendía tanta ilusión... No era posible. Debíamos habernos engañado. Aunque era tan real.

Finalmente dejó el piso, marchó. No se sabe dónde, algunos dicen de una isla. Cuentan que cambió sus vestiduras para volver a engañar a otros pobres ilusos. Quizás algún día no muy lejano otra chica llene el hueco que dejó. Al menos yo seguiré esperando desde mi ventana.

sábado, 2 de enero de 2010

Un instante


Te presto mi juventud un segundo pero sólo si me la devuelves. Te la presto si borras en ella el cinismo y la decrepitud, la melancolía, la impotencia, la rabia, la insuficiencia. Te la presto si tu aliento vuelve a iluminar los rayos del sol, si el viento amaina y deja de soplar con rudeza, si en los pastos vuelve a crecer la hierba, si la hierba vuelve a alimentar a los animales, si los hombres vuelven a mirar hacia el cielo y dejan a la tierra en paz.

Segundos no me sobran y aun así me permito prestártelos. Utilízalos si los necesitas y falta te hacen. Si dejas de vigilar el orbe y afrontas realmente aquello que denunciaste. Si haces memoria y recoges la siembra del recuerdo, que enterraste al cruzar aquella puerta. Te permito ese instante para que seas consciente de lo que fuiste y podrías haber sido. Me dirijo a ti para que retires aquel adiós y cumplas tus promesas. Para que tus palabras no terminen en el fondo del océano, víctimas de la corriente, desamparadas.

Recapitulo en esta batalla contra el tiempo, para que seas lo que prometiste ser. Me entrego a mis enemigos, pero sólo si eres justo y juras devolverme lo que me pertenece. Sino continuaré luchando, lleno de cicatrices, sin embargo vivo y con fuerzas para seguir estándolo.

El punto

¿Para qué utilizar el punto al final de una frase? El espacio puede sustituirle. Un punto da por concluido el mensaje, mientras que un espacio permite reflexionar sobre si quedan cosas por decir. Qué sentido tiene limitar las palabras a compartimentos estancos, encerrándolas, enjaulándolas, privándoles de la libertad de poder vagar por el infinito

Siempre quedarán cosas que faltaron decir

viernes, 1 de enero de 2010

Reflexiones: año Xacobeo


Entramos en el 2010 y dejamos atrás la primera década del siglo XXI, primera del tercer milenio después de Jesucristo. El desarrollo material y cultural se encuentran en uno de sus peores momentos. Creamos sistemas cada vez más sofisticados, sin embargo nos olvidamos de ponerlos al servicio de las personas, que debieran ser el eje sobre el que gire el progreso. Este año morirán de guerra y hambre millones de personas, y eso no es retórica, es la realidad de un mundo que encerrado en el temor y en la obligada incertidumbre con que hemos terminado esta década olvida lo esencial. Y lo esencial aunque suene cursi es amar al prójimo. Esa frase que recoge la tradición cristiana y bíblica y afirman dijo Jesucristo mientras hablaba con San Pablo; Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La técnica y el conocimiento nos apartan del amor, ese amor, esa solidaridad imperante entre los seres queridos y que si se universalizase y pusiese como eje de la evolución humana terminaría de raíz con los problemas existentes que nos limitamos a observar extrañados e inconscientes de nuestra culpabilidad, ya como actores principales o secundarios, de una obra de teatro dramática en la que la pasividad se ha apoderado de los personajes.

Estas acertadas palabras han sido predicadas por el ancho del mundo por generaciones de misioneros y evangelizadores. Una doctrina de vocación universalista que predica valores. No obstante la institución encargada de su interpretación se encuentra a mi parecer casi 2.000 años después de la muerte de Cristo en sus horas más bajas. La Iglesia es mediatizada por obispos que predican desde la intolerancia, creando conflictividad social y enfrentando a los ciudadanos desde la religión. Cuando el creer es un asunto privado que no debe trascender a orden público. La Iglesia debe limitar su influencia al campo de la moral y dejar que los hombres guíen la política y las leyes con independencia de esta. Así pues convertirse en consejera y no buscar imponer en la sociedad sus ideas desde la presión.
Otro mal ejemplo es Macial Maciel. Hombre casi idolatrado por los legionarios de cristo, que veían en él un modelo a seguir como humano y creyente. Yo, que acudía a un colegio de la congregación era partícipe de esa mitificación. Celebrábamos el día del fundador y comíamos hamburguesa y coca cola como algo especial. Hoy la verdad ha salido a la luz. Era pederasta, drogadicto, tuvo esposa, hijos y gastó sin medida durante sus años de vida. Muerto ya, su recuerdo no puede más que degradar a la institución religiosa. Como apuntilló hace poco un amigo, no existen los mitos. Y cierto es, pues los actos, que son lo que al final acabamos siendo reflejan que las personas son imperfectas. 

A su vez con el paso de los años menos gente acude a misa, y se eleva la media de edad de los asistentes, repugnante demostración de que la creencia en Dios depende de los vestigios del nacionalcatolicismo de la dictadura franquista, y no de la fe particular del individuo o de la cercanía que la Iglesia como institución pueda tener hacia los fieles. A mi parecer muchos cambios debe haber en el seno de la misma, y quizás es hora de que se enfrente a un concilio en el que se pongan las bases para una transformación orientada a guiar la interpretación de la palabra de Dios ante los cambios que se aproximan y que ya están transformando la modernidad, hasta el punto de hablar de postmodernidad. La Iglesia debe ser más cercana, menos política, más independiente y desde luego mucho más crítica con su historia, con sus errores, y con los problemas que afectan al mundo. Es un instrumento muy positivo que ha quedado degenerado con el paso del tiempo, hasta el punto de tenerse que ver vinculada obligatoriamente con agentes económicos, políticos y mediáticos, pero que puede recuperar su necesaria utilidad como educadora de valores.

Año 2010. Demasiada técnica y un total olvido de lo fundamental. El calendario gregoriano como dijo recientemente en una clase el profesor José García Roca es el más sobresaliente invento en la historia de la humanidad. Sirve para situarnos en el tiempo. Quizás hayamos olvidado su uso. Nos hemos dejado arrastrar por los días y los años, convirtiéndonos en esclavos de la historia. Pasa el tiempo y aumenta la amenaza de aquello que desde el odio puede llegar a hacer el hombre. Con su capacidad infinita un hombre deshumanizado colgado de las agujas del reloj genera más y más destrucción, y quién sabe si inevitablemente se esté acercando a su propia autodestrucción. ¿Será ese el inevitable destino del hombre? Sucumbir al tiempo, olvidar la historia... Nacemos, y antes de madurar sabemos todo lo que queremos hacer con nuestras vidas. Casarnos, tener hijos, triunfar... ¿ Y por qué no mirar al conjunto de la humanidad y apuntar más lejos, pensar en cambiar algo? Ya no como triunfo personal, sino como demostración de que seguimos vivos, de que somos alguien en la historia, de que tenemos un camino por delante y que queremos guiar nuestro propio destino de la forma que mejor creamos conveniente. 

Un nuevo año, una nueva década, múltiples posibilidades por delante. Mi propósito, ser un ser humano. Mi objetivo para este año, hacer el camino de Santiago. Y si bien no lo hago físicamente, recorrerlo en mi imaginación, desde luego extrayendo del mismo las enseñanzas que creo puedo llegar a obtener. Una redención de los pecados partiendo de un minucioso examen de conciencia, echando la vista atrás y sumergiéndome en mis actos y en los del resto de gente, para buscar una correcta inspiración en lo que me queda de camino y mantener los ojos bien abiertos para no tropezar con las mismas piedras con que pude algún día tropezar. 
Y una motivación constante durante el mismo que me permita afrontar con mayor entereza los avatares que me deparen.



martes, 29 de diciembre de 2009

Diario de un garabato

Trazo sobre mi cuaderno unas líneas horizontales, diagonales. En ocasiones toman el aspecto de una curva esos garabatos con que voy llenando la hoja. Se unen a otros y el conjunto resulta agradable a la vista. Una especie de armonía acompaña a los signos en su particular baile. Algunos se repiten constantemente, deben ser necesarios pues, me digo a mí mismo.

Jamás había visto algo parecido. Deben de querer decir algo... ¿Qué querrán decir? Me contradigo. Apostaría a que quiero darles algún sentido. Me invade una angustia tremenda y no puedo respirar. Me ahogo. Me falta el aire, sin embargo sigo embobado con esos jeroglíficos. ¿Qué he dibujado? Parece una especie de rompecabezas, pero me veo incapaz de resolverlo. ¿Cómo? Pero lo había escrito yo... Deben ser letras, letras que forman palabras, lenguajes, que quieren decir cosas. Bien, no recuerdo lo que quería decir. Y acaso no hablaba conmigo, quizás trataba de comunicarme con alguien, querría transmitirle alguna idea generada en el seno de mi cabeza. Ahora estoy perdiendo la cabeza y ni si quiera sé si trataba de contar algo. Ya recuerdo, no. Esas letras no tenían destinatario. Tampoco remitente, no eran mías pues. Tampoco querían decir nada. Simplemente las había visto en algún sitio y trataba de copiarlas. No estaba escribiendo realmente, no esta vez. Ahora dibujaba, transcribía símbolos aprendidos durante mi infancia. ¿Quién los inventaría? No creo que siempre existieran. Seguro que el que lo hizo querría decir algo... Ahora que lo digo me resultan bastante familiares.

domingo, 27 de diciembre de 2009

La rebelión de los tontos


Un gualdo torrente de sílabas se va apoderando de la amplitud del folio. Nacidas de la unión de letras van formando inocuas palabras para el gran público, sublimes creaciones sin embargo para el atento lector, provisto de algo más que espejuelos. Las gafas tan solo permiten alumbrar con mayor claridad el efecto del lenguaje sobre el que recae la pesada labor de comprenderlo y darle un sentido que el autor concibe para su libre interpretación.

Acusan los menos doctos desde la superficialidad. Tachan de palabrería a la supremacía del verbo y desglosan incorrectamente el texto profiriendo vituperios, invectivas, injurias. Ultrajan la actividad creadora. Se mofan, convirtiendo sus burlas en sacrilegio, profanando el santo templo del habla.
Se dejan llevar por las consecuencias de su analfabetismo y pasan a convertirse en protagonistas de un genocidio de la voz y de la expresión. Creen constituirse testigos de una incomprensible exaltación de lo inocuo, precedida de una explosión de ego. Pero fracasan en sus intentos. Fracasan y se dejan llevar precisamente por la falsa seguridad del desconocimiento. Se desarrolla en forma de criterio una inexistente capacidad de distinguir la excelencia. Creen apreciar la superioridad léxica desde un vacío mental cuyo origen es la omisión de la cultura y las ideas desarrolladas por cientos de generaciones de seres humanos.

Es el triunfo del olvido. El linchamiento de la literatura por manos de los iletrados, el desarrollo de un tipo de conocimiento nacido de la exclusión, de la falta de comprensión. La negación de la autocrítica, la idolatría de ideas aprehendidas sin juicio previo. Nos enfrentamos a la conquista del mundo por parte de los tontos. Debemos andar con ojo y escuchar atentamente al prójimo desde la humildad, si no queremos convertirnos en uno de ellos.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Interpretar notas


Nota tras nota se va articulando un conjunto armónico, hipnótico. La cadencia y el ritmo nacen del talento del músico para interpretar aquellos sonidos que enlaza desde la imaginación y libera hacia el exterior tocando el instrumento, haciendo música. Esos ecos, únicamente perceptibles para los seres vivos, guían nuestra existencia. Nacen de la visión de un mundo extramental, preexistente a nosotros. Tratamos de crear con mayor o menor éxito sobresalientes partituras, que si bien ya fueron escritas, su magnificencia nos hace sentir genios, y no simples imitadores.

Esas falsas creaciones, cercanas a la perfección de sus homólogas y antecesoras llegan a drogarnos, pasamos a ser simple ganado, detrás de un inepto pastor. De notas que trazamos y unimos entre sí con la convicción de estar poniendo el universo debajo de nosotros, de nuestra impresionante capacidad creativa. Y nos mentimos, nos engañamos, creyéndonos esclavizar a las notas y con ellas a los hombres, y demás seres que pueblan el planeta. Pero caemos en el error, haciéndonos víctimas de nuestros erróneos juicios, de nuestra excesiva arrogancia, de nuestra falsa iluminación. Nos acercamos, pero al final somos nosotros los que creemos hacerlo, mientras la música puede decidir si bailar o no por el campo del sonido valiéndose de nuestro arte. Un arte casi siempre aparente y superfluo, que no reconoce su futilidad, y el reinado de la acústica, la acústica que rara vez llega a trepar hacia el vacío de nuestros tímpanos, o que casi nunca vaga por nuestras mentes. Sin embargo nos convertimos en esclavos de aquello que desarrollamos, y que lejos de llegar a poder moldear o de penetrar en su esencia, nos manipula y entramos en un trance difícil de superar. Dejamos de ser oyentes, de tratar de comprender y de entender la música, y pasamos a alardear de nuestras inútiles capacidades, de mentiras que disfrazamos de verdades. Y ahí es cuando perdemos nuestra identidad. Creemos ser músicos, incluso compositores, pero nos quedamos en el camino de los ecos, de las vibraciones, de los impulsos generados por las cuerdas, por los pitidos, por las ondas que nos invaden. Es entonces cuando la música nos vuelve títeres, y nos hace luchar, amar, odiar, respetar, reír, todo ello impulsado por nuestra ingrata interpretación, por nuestro ridículo egocentrismo que acaba transformándonos en masa.

Música... El mundo que vivimos no se puede discernir desde nuestras notas. Quizás podamos intentar entenderlo desde el vacío musical que implicaría nuestra no existencia. Al fin y al cabo tan solo los animales pueden apreciar los sonidos que se dan en la naturaleza. Más difícil es llegar a los de aquel otro lugar. Bastaría con reconocer lo que somos y llegar a intuir lo que podemos ser.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Empuñar el arma


Cuyas armas siempre fueron,
aunque abolladas, triunfantes
de los franceses estoques
y de los turcos alfanjes

Góngora


Existe un tipo de espada, el estoque, que otorga a aquel capaz de empuñarla una imponente supremacía sobre los demás. Su perfección viene de la técnica de cientos de generaciones de herreros, que han desarrollado un extraordinario artilugio que dependiendo de quién y cómo lo utilice puede salvar o acabar con vidas. Nace del incesante golpeo del martillo sobre el yunque. En sus días era capaz de chocar contra escudos, envestir con fuerza contra la coraza que protegía a los hombres, y en ocasiones atravesar los yelmos de los caballeros.

Hecho del más puro hierro, llega a ser inquebrantable. E inquebrantable puede llegar a ser el poder del que lo empuña. A diferencia de otras armas carece de sentido, salvo que en actitud pasiva se encuentre el portador, asirlo hacia otra dirección que no sea el horizonte frente a los ojos del que mira y no con envidia, pues la magnificencia de la línea trazada por el metal nada tiene que anhelar de aquella situada a la lejanía, en un infinito tan cercano.

Es hacia allí, hacia delante, hacia donde estamos llamados a aferrarlo con decisión. Seguramente en aquella línea se inspira el herrador en cada uno de sus hercúleos golpes, creyendo vislumbrar ante él la perfección de la rectitud.

Una perfección que pierde su esencia si el que lo sostiene, no lo hace con el mismo valor con que fue creado, si con cada estacada no se acerca a las propiedades con que el mismo metal fue creado. El infinito en cada movimiento, si después de cada golpe no miramos hacia otro lado, y no nos escondemos detrás de falsas armaduras, que sólo ocultan nuestra fragilidad. Nuestra decisión y la fuerza del estoque pueden hacernos ser Dioses por un momento. Pueden llevarnos a ganar batallas, a ver más cerca aquella línea que se presenta al otro lado y que sostiene cada mañana o alberga cada noche al astro celestial que se posa sobre nosotros. Esa espada es perfecta en sí misma, pero depende de nuestra virtud. Y nuestra virtud depende de la visión que tengamos del camino que se extiende ante nosotros, del sentido que le hayamos atribuido a las huellas que hemos dejado atrás, y sin lugar a dudas de la importancia de nuestra comprensión del relevante papel que tenemos como portadores del arma.

No es arma por lo que podamos hacer con ella, ni siquiera por lo que aparentemente sea, sino por lo que representa, y por lo que debemos hacer con ella si queremos que aquel astro que nos vigila nos ilumine con más fuerza, si aquella estría de la perfección de las ideas y de la verdad con su reflejo nos de señales de cómo dirigirnos a su vera.

Porque en definitiva un arma es un instrumento para atacar y será legítimo su uso en tanto en cuanto haya una comprensión real del fin que debemos perseguir.

Mientras, los herreros se esfuerzan en sus talleres por forjar un mejor estoque...
Seguramente no sea su técnica, su sacro proceso, lo que nos sitúe cada día más lejos de aquella realidad tan lúcida, en ocasiones tan visible,  y que incluso nuestras manos pueden llegar a sentir tocar, pero que al final nunca alcanzamos, y acabamos perdiéndonos por estériles senderos, plagados de inmundicias con falsa apariencia, que nos engañan y nos hacen olvidar las plagas que nos asolaron en el pasado, y terminan mintiéndonos sobre lo que nos deparará en el futuro.

sábado, 5 de diciembre de 2009

El triunfo de la voluntad


Llegan las masas. ¡Ahí llegan! Suenan las trompetas anunciando su llegada, se escuchan aplausos desde lo alto de las almenas, las gentes vitorean canciones desde abajo de las murallas.
No caben todos por la puerta - grita excitado un campesino con corona - Hemos de derribar los muros, acabar con los tiempos pasados, de opresión y oscuridad.

Las gentes aclaman sus palabras, poco a poco desde ambos lados de la fortaleza se va desarticulando el cerco. El fervor va en aumento, es momento de celebración. Suenan las campanas de la iglesia, nunca sus ecos han sonado tan bien en el valle. Las torres permanecen todavía en su sitio, sin embargo parecen ahora tan minúsculas... Se van uniendo las gentes. Les reciben los ciudadanos con cientos de presentes, honrando su llegada. Ayudémosles a quitarse los grilletes - sugieren algunos ciudadanos -. Poco a poco se van despojando de sus ataduras, de aquello que les había separado de la ciudad, que les había ligado a las infestas cavernas del norte.

Un niño grita con furia: Se acabaron las diferencias entre las gentes. Antes el rey llevaba corona, pero ahora es el campesino el que la exhibe sin valor alguno. Estas personas que llegan hoy se decían inferiores a nosotros y ahora conviviremos formando una comunidad entre iguales.

Un hombre de mediana edad que se encontraba cerca escuchando atentamente le contesta exaltado: ¡Te equivocas! Eran las murallas las culpables de que nuestros hermanos viviesen en las tinieblas, aislados de las letras de la ciudad. Hoy hemos derribado el muro y podemos compartir con ellos nuestro conocimiento. Seremos iguales. Iguales en la posibilidad de acceder a las ideas que nacen de la ciudad.

Segundos después, aparece el hombre más viejo de la ciudad. La gente poco a poco le deja hueco, respetuosos callan y observan el taciturno semblante del anciano. Pronto comienza a hablar: Ambos: el muchacho y el joven, os equivocáis en vuestras afirmaciones. Al primero le digo que fuisteis vosotros habitantes de la ciudad los que tiempo atrás erigisteis con la ayuda de los que hoy vuelven estos muros que nos han dividido durante tanto tiempo. Y además te digo, nunca jamás hasta hoy mostraron los recién llegados intención de derribarlo. Hasta hoy que por fin han sucumbido las piedras a la voluntad de las personas.

En cuanto al joven, el muro tan solo existía para ti en la imaginación, nunca nadie dijo que hubiese un cerco a las ideas. Aquí había una puerta que bien podía haber alguien atravesado para dirigirse a las cavernas en busca de nuestros hermanos desamparados y haberles hablado de las ideas de la ciudad, pero nadie lo hizo.
Nadie lo hizo y eso - incluyéndome a mi- hace avergonzarme de cada uno de nosotros. Hemos errado y ello es imperdonable. Sin embargo nuestros hermanos se han sabido guiar por una antorcha mucho más fuerte que cualquiera que podríamos haberles prestado desde nuestro reino, es el fuego interior de cada uno de ellos, la voluntad de la palabra, que reside en el fondo de las personas, y que es capaz de madurar con una intensidad y una fuerza que nos puede hacer escapar de cavernas, caminar largos senderos hasta ciudades y una vez allí derribar los muros que puedan haber. Siempre. Siempre triunfa la voluntad de la palabra. Solo hay que esperar a que llegue ese momento, pues como ya hemos visto poco probable parece que alguien se atreva a cruzar la puerta de la ciudad en busca de esos desalmados que vagan desprovistos de juicio, atormentados por las sombras y víctimas de su propia y mal usada razón.

La gente comprendió. Por un lado se dieron cuenta de su error al no haber cruzado aquella puerta y del aun más grave fallo de haberla construido. Pero por otro lado por fin esas gentes estaban junto a ellos. Aquella noche dormirían todos juntos en el poblado. Ya nunca más habrían murallas. Era el triunfo de las ideas. Un triunfo amargo en cierto sentido, pero compensado por la fuerza de la voluntad y el coraje.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Aves


Hoy mi cuerpo, empapado de sudor, convaleciente, vuelve a ver la luz. Veo el contraste de las nubes sobre el perenne azul del cielo. Algunos pájaros intentan volar, no disfrutan, para ellos volar supone un arduo esfuerzo. Achacan con cierta benignidad los crueles avatares que la naturaleza expone en su camino. Pocos soportan hieráticos esta hercúlea actividad que les hace sobrevivir, mantenerse vivos. Otros gozan, planean sobre el inmenso infinito, moviendo a su antojo las alas, batiéndolas, extendiéndolas en cada movimiento dejando que rocen el firmamento. Estos sí que son libres, pueden desplazarse de la forma que quieran sin por ello tener que desgastar su fuerza y pudiendo a la vez alimentar su espíritu.
Les envidio, observo desde el cuadro de mi ventana como me vigilan desde lo alto. Juegan a ser dioses, quizás en el fondo lo sean.

Diálogos

- Antes opinabas de distinta forma - aseveró Pepe con sorna.
- Sí, es la ventaja de no formar parte de un partido - replicó Álvaro triunfante.
- Bueno, los partidos también cambian, sino mira al PSOE que antes era marxista o al...
- Habladurías. Y los continentes también cambian fíjate tú, crecen a una velocidad de uno o dos centímetros al año. Quizás aquí dos siglos podamos tumbarnos en donde antes nos bañábamos. Aunque bueno igual con lo del cambio climático no haga falta esperar tanto. Puede ser que nos autodestruyamos antes de ser capaces de entender aquello que está cambiando, o de que lleguemos a entender que somos nosotros mismos los que cambiamos o incluso que podemos llegar a cambiar por nuestra propia voluntad.
- No te comprendo compañero.
- Claro está, para eso tienes que salirte de tu partido Pepito y pensar con la cabeza.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Amanecer


Es pronto, pero ya ha amanecido. Se escucha el sonido de los primeros claxons, el de los primeros portazos, el de las cucharillas removiendo el azúcar en la taza. Las persianas suben y bajan, algunos quieren dormir más pero no pueden, otros intentan hacerlo y algo se lo impide. Desde mi ventana no se ve el mundo, pero se oye el arrullo de las palomas al pasar. Vienen y van de esos viejos tejados que ocupan despreocupadas, viendo como pasa el tiempo.

Hay cientos de lugares en los que creo haber estado. He leído, he escrito sobre ellos. Me imagino al alba viendo aparecer las primeras luces en el horizonte oriental, viendo como el infinito sostiene al cielo, viendo como cambian de color según las estaciones.

Pasan los segundos, avanza la mañana, el Sol cada vez más erguido vigila desde allá arriba. Nos observa, se ríe de nosotros, sabe de su importancia. Desaparece orgulloso por la noche, quizás no vuelva más. Es esa incertidumbre la que otorga a la noche su tenebrosidad. Las estrellas también nos iluminan, igual que la Luna, pero el Sol... El Sol nos habla del tiempo, de los granos de arena que van cayendo en el reloj. Del mundo, ese lugar redondo que tantas veces ha iluminado. Poco a poco el astro se aleja de mi vista. Desaparece en el horizonte occidental, le sustituirá una inevitable oscuridad. Quién sabe si mañana volverá a aparecer, hay tantos sitios que me quedan por ver...

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La muerte: acto II 2º parte



Pastillas, parches, morfina, un vaso de agua medio vacío. Las gafas en la mesita, no hay nada que ver. Después, unas pálidas cortinas frenando el avance de un menguante rayo de luz que ya no habrá de iluminar nada más en esta vida. Máquinas, personas, cronómetros. Un viejo cabezal destinado a quedar huérfano, una colcha que pronto se quitará el peso de la vida. Gritos cada minuto, imploran algunos, rezan otros que nunca lo han hecho. Ley de vida apunta la más suspicaz. Algunos fingen sonrisas. De pronto todos creemos conocer la suerte de nuestros destinos. Llenan el vaso, se consuelan los tontos.

Un leve estertor sustituye a los gemidos. No hay señas de sufrimiento, han sido devoradas por este. Los pulmones intactos, la agonía recrudece la atmósfera. Es el fin. Amaina poco a poco el sonido, nos hacemos cómplices de ese inevitable pasaje tantas veces relatado. Algunos creen conocerlo demasiado bien, se resignan, hacen ruidos con la boca. Otros no lo conocen, sus ojos enrojecen, les invade una impotencia nunca vista: el mundo no es como pensaban.

Suenan las teclas del órgano, distinta música, pero el mismo desenlace, el silencio. Poco durará... Suenan las campanas, el corazón de las ciudades dicen algunos. Despiden a otro tipo de entrañas, con distintas vísceras, distinta coraza. Dejará de palpitar, rojo como la sangre que dejará de correr y no coagulará esta vez mas no hará falta, ya se habrá teñido de un nuevo color, más real, más oscuro.

jueves, 19 de noviembre de 2009

El acordeonista


Tengo un acordeón. Mi padre tuvo otro. El padre de mi padre también tenía uno. Qué armonía la de esas dos cajas juntas. El fuelle uniéndolas, separándolas, la vibración del diapasón...Notas anhelantes, destellos fragantes, colores, vida. Sueño al compás de los sonidos que produce, vivo pendiente de las sensaciones que genera, sus vibraciones me hacen vibrar, sus sentimientos me hacen sentir. Soy esclavo de un instrumento que deja de serlo en el momento en que me pongo a rozar con mis dedos sus teclas, que me transforma cuando uno mi cuerpo a su divina estructura. Es parte de mi, soy parte de él. ¿Quién es quién? Objeto y persona, persona y objeto, una misma cosa, un mismo destino. Puedo aprender a vivir sin él, pero de qué serviría.

Conozco la libertad. Un día la vi. Era capaz de verla. se llamaba música. Me hacía viajar, lejos, allá donde nadie me escuchaba, pero seguía tocando. El espacio era inmenso, los ecos llegaban, seguíamos tocando. 

Al final éramos los dos. Nos amábamos. Nadie nos entendía, miles de caras, cientos de gestos, sonrisas amargas. La gente pasaba de largo, quedábamos nosotros, un mundo por delante, era el mundo que siempre habíamos deseado.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Recuerdos del camino


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Antonio Machado

Recuerdos... recuerdos. Me hacen temblar, recordar, pensar.
¿Qué más? ¿Qué menos? Son insuficientes, somos insuficientes.
Lamentar, añorar, extrañar. Insultamos al tiempo, a la gente. ¿Cómo no nos dimos cuenta?

 La poquedad de nuestra condición, la insuficiencia de nuestras condiciones. Un camino estéril, vano, del que desconocemos el principio y el final. E incluso en ocasiones olvidamos el sendero mismo por el que circulamos. Simples peatones de una inmensa calzada. Nos faltan piernas, ojos y brazos para impulsarnos de una forma más eficaz. Pero no necesitamos más vista, esfuerzo u orientación. Estas cualidades residen detrás de todas esas ridículas capacidades que nos han sido otorgadas por el destino. Basta con hurgar en el rastro que hemos ido dejando, en el tamaño y holgura de nuestras huellas, en las historias aprendidas, en las señales vitales que nos indicaban hacia dónde mirar y que ignorábamos.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Camino hacia aquel lugar



Un fétido tufo embargaba el enrarecido ambiente. Sufría yo una fuerte nausea fruto de una incomprensible ceguera que se había apoderado de mi desde hace días. Ya antes otros sintieron lo mismo, pero ello no atenuaba la repugnancia que sentía. ¿Qué era aquello? Sabía el motivo de aquel estado, pero no encontraba explicación de eso que me impedía caminar y a la vez me empujaba a huir de aquel infecto aroma, de esas sombras que vislumbraba detrás de la oscuridad que cubría mis pupilas, de esos insoportables gritos. ¿No veía? ¿No quería ver? Quizás ambas cosas. No podía describir exactamente mis sentimientos, mis circunstancias, igual era incapaz de ello, pero lo necesitaba. Necesitaba un papel, un bolígrafo. Puede que algo más. Cada vez flotaba más lejos, más arriba, igual más abajo. Lo seguro es que no permanecía en el mismo sitio.Los sonidos eran más distantes y lejanos, pero los escuchaba mejor que nunca. A medida que pasaban los segundos la hediondez era menor, sin embargo la desagradable fragancia me era poco a poco más familiar aún.
Sabía por fin de qué se trataba. Me alejaba de aquellas terribles formas aunque me sentía unido a ellas. ¿Serían parte de mi? ¿Cómo era posible?
Mi trastorno era total. El decaimiento me guiaba hacia el único y final destino. Adelantaba mi llegada, era expulsado de la tierra prometida. Dejaba de formar parte de aquello y posiblemente era yo por fin. Yo, sin nada que me rodease, una persona al fin y al cabo. En otra realidad, distinta, pero que me apartaba de esa en la que había enfermado. ¿Un nuevo camino? Quién sabe, demasiados gritos histéricos había visto allá, demasiado fuerte había sido mi enfermedad. La melancolía se apoderaba de mi. Me ataba, me hacía recordar, pensar, observar de nuevo. Ya no veía, pero podía entender y lo odiaba. Poco a poco perdía lo único que me quedaba cuando había marchado la luz, cuando había llegado la nausea. Eran los sueños, esos amigos pasajeros, que te alivian del sufrimiento de las cosas, que te hacen flotar de una forma distinta, creyendo que nunca enfermarás, viendo las cosas desde otra perspectiva, más ingenua, jugando a ser inmortal sin saber que al final la realidad devorará a la imaginación. Nadie me prestaba nada con lo que escribir. Puede que nadie nunca lo hizo, mas el deseo era demasiado intenso, demasiado intenso como para comprender que ya nunca más podría hacerlo de nuevo.

lunes, 9 de noviembre de 2009

La muerte: acto II



Siento su presencia. Nausea y temblores. La oscuridad se cierne hacia donde me encuentro. Intenta atraparme con su característico hedor, su sofocante aroma, su aspecto tenebroso. 
No es la primera vez que visita mi jardín, ya antes tanteó mi existencia. Convierte tus sueños en polvo, los destroza, los ahoga y te deja al desamparo, al amparo de la melancolía.

La reconozco. Ahora continúa con su decidida labor. A veces ataca al alba de súbito, traicionándonos. Rapta de improvisto. Es cruel y tajante. Incorruptible compañera de viajes. No distingue. Adelanta las estaciones, marchita las flores del jardín, quema la tierra sobre la que ya no crecerá nada, hace brotar las lágrimas desde el interior del patio de nuestra morada. En fin, va mermando nuestra existencia.

El sol ha caído. La luz desaparece en el horizonte. Esta vez ha avisado de su llegada. Viene a pedirnos lo que dice corresponderle, jamás olvida. Está decidida a adelantar la noble decrepitud, convirtiéndola en un último llanto en la tierra, una última lágrima en vida, una distorsión de lo que fuimos, un espejismo de nuestras miserias. Humilla inertes esperanzas de prolongar lo improlongable y hace vanos los caducos recuerdos que nos quedan. Nos aferramos al vacío, a la no existencia. Muestra los hilos de los que pendemos. Tememos a la nada y esta ya hace tiempo que convive entre nosotros. Tiempo hace que nos cubría y reía sobre nosotros. Nos vigilaba, atenta para no deshacerse de una nueva presa. Pensamos en la vida como un reloj de arena, un cronómetro que deseamos alargar indefinidamente, sin siquiera plantearnos la calidad y dignidad con que desearíamos llevarla. ¿Qué desear cuando la vida no es más que un suspiro, una lenta agonía, el compás de un inocuo pestañeo? ¿Ceder terreno es dignificar el fin o tirar las armas antes de la derrota absoluta?

Quién sabe. Solo somos pequeñas figuras que oscilamos sobre un mísero tapete del que desapareceremos en cualquier momento. Me vuelvo a empapar de esa sórdida lobreguez. Me cubre, vuelve a vaciar un poco de mi. Quizás la próxima vez venga a por mi. El tiempo le habrá ahorrado trabajo pues qué quedará de mi.

Pronto sonarán las campanas de la iglesia. Como un desaliento, impulsado por la agonía, el último grano de arena dejará de surcar por el reloj. Estático permanecerá cada uno de ellos en ese nuevo lugar, mucho más real y familiar de lo que pensaban. Ya habían soñado con él, ya lo habían visto de cerca, pero cuan duro era reparar en ello, cuanto costaba reconocerlo y saber que pronto sucumbirían definitivamente a la fuerza de ese instante.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Noviembre en un parque cualquiera


Era una hoja en un árbol. Casi muerta, viva en otoño. El viento la mecía de un lugar a otro del parque. Viajaba, se transformaba en cada movimiento, pero permanecía allí, allí arriba sobre el suelo, junto a otras hojas, pero sin ellas. Debajo las cosas eran distintas. Las hojas no permanecían siempre en el mismo lugar. Mudaban. Se superponían, se mezclaban entre ellas. Su color era distinto del de las que seguían unidas a la rama. Desconocían los problemas que en lo alto pasaban. Marchitaban poco a poco, su vigor y su fuerza desaparecían. No tenían a nadie que les ayudase, pero no importaba. Eran libres. No existía una rama, un tallo que les agarrase y limitase su existencia. Al final siempre llegaba el invierno y sabían que desaparecerían. Se convertirían de verdad en otra cosa, marcharían si quisiesen, y no de la forma en que lo hacían las de allí arriba.

Aquella hoja, impulsada por el viento podía ver mejor que ninguna el universo, pero de qué le servía, si nunca había podido saber qué era realmente aquello que veía. Ahora llegaba el invierno. Todo se había acabado. Había sido una hoja, una hoja cualquiera, pero no importaba. Se preguntaba que hubiese pasado allí. Allí donde el cielo era aún más lejano, donde habitaban un sinfín de peligros, donde al fin y al cabo se podía vivir. No supo contestar. El tallo oprimía sus pensamientos, nada eran sin este, y nada sería hasta el fin de sus tiempos.