lunes, 17 de mayo de 2010

Fatiga



Creo embriagarme con el aroma del infinito. Aunque lejos de ser autocomplaciente, asqueado de otros olores que pudieron confundirme, consciente de la esencia de lo intangible, me asomo al mundo buscando un nuevo perfume.
Las palabras, caducas, se me atragantan. Y ya nada me hace joven.
Busco en mi memoria frases, sentencias... Pero sólo estoy yo, y me basta.

lunes, 3 de mayo de 2010

Entre el cielo y la tierra


Recojo los frutos de un árbol podrido, mientras me deslizo por las líneas del infinito. Reniego de los astros celestiales, mientras observo mi rostro en el agua.
Hurgo en las huellas de la inmensidad tras despojarme de mi condición humana.
Me cruzo con unicornios y dragones. Creen abatirme, siendo yo vencido en cientos de batallas. Pero no abdicaré. Desde lo alto de la montaña grito con ímpetu a mis enemigos. Aun al borde del abismo me siento más fuerte que nunca. Algún día regresaré a la tierra que una vez me vio vivir.
Hoy afilo las lanzas, empuño más fuerte la espada. Resuenan vitores de guerra. Más allá, los ecos de mi voz.
Impregna de verde el ambiente un fragante aroma.
Pronto se difumina entre el hedor de las sombras terrenales. Aún no es tiempo de marchar a los Campos Elíseos.

sábado, 20 de marzo de 2010

Ma Vlast


Amo mi patria. Allí nací. En ella me crié y moriré de igual manera. Cuando lejos marcho añoro el sonido del viento al soplar. El inmenso azul del mar y su fuerza golpeando la tierra sobre la que se erige mi morada.
Allí nunca hubieron murallas, ni tampoco verjas o alambradas.
En las casas viven las gentes y los techos les dan cobijo. El agua brota de la fuente y sacia al sediento, los animales pastan en el campo y alimentan al hambriento.

No conocemos la guerra ni cadenas que nos opriman. No hay símbolos, ni escudos o banderas. Cantamos a la lluvia y rezamos al sol que nos ilumina. Un crisol de colores y estampas se entremezclan en el valle y nos embriaga el olor de la bendita madreselva.

No tenemos un pasado, pero sí un futuro. Desde el escarpado relieve del horizonte oriental, desde la añil ventana del horizonte occidental. Desde donde nace hasta donde muere el ambarino astro celestial soñamos nuestros propios sueños, hablamos nuestras propias lenguas pero cantamos las mismas canciones. Los músicos no utilizan partituras, y los escritores no necesitan de una pluma para contar sus historias.

Las gentes viven y mueren, caminan y no deambulan. No se aferran a sus sueños porque se desprenden de ellos y los hacen realidad.

En mi patria no conocemos la libertad porque nunca nos la han arrebatado.

sábado, 6 de marzo de 2010

Un día más


Sobre la mesa un bote de tinta vacío. Dejo la pluma aparcada junto a los deshabitados márgenes de la hoja. Inmaculada como el nácar, blanca como la nieve da cobijo a mi inútil instrumento. Lo coloco en horizontal. Invitando a la pluma a trazar una letra de un momento a otro, esperando estrenar el folio, empezar un nuevo vals, pero no queda tinta en el tintero. Me asomo a la ventana y es de día, apago la luz que iluminaba mi cuarto mientras era de noche. Miro al Sol y la pluma sigue quieta. Siento una suave brisa en mi cara, escucho el ruido que hacen las palomas al marchar del alféizar de mi ventana, tras haber buscado cobijo en él durante la noche. A veces su angustioso llanto me molesta, hoy el mismo arrullo me ayuda a pensar. Sigo vivo y el tiempo pasa. El folio sigue vacío, y ha pasado otro día más.

Entre granos de arena


En la inmensidad del desierto una inapreciable locura cree socavar mi voluntad, se engaña creyendo coger las riendas de mi destino, piensa es mi guía, la luz que ilumina mis pasos que quedan marcados en la arena. A lo lejos un oasis, y no por no ser mi razón la que es capaz de dilucidar la existencia de tal paraíso en el infinito pierdo la fe. No es la demencia la que me droga y me engaña, alienándome de tal modo que abandono cualquier rasgo del raciocinio que un día tuve. No, soy yo el que me amparo en ella, buscando en la enajenación un nuevo estado en mi vida, que sea capaz de suprimir las desgracias del anterior. Lo mortal y material, lo insuficiente e insaciable para mi alma. Busco una nueva alienación que sepa revelarme de un modo más fehaciente los frutos que se esconden más allá del yermo páramo.

He acudido yo a ella y si me atrapa será una consecuencia de la decisión que un día tome. Pero conservo mi libertad. Mi voluntad me pidió un día avanzar al margen de las sombras que me pedían no hacerlo. Quizás en el fondo de esa enfermedad que hoy adquiero voluntariamente se encuentre la lucidez con la que un día quiero iluminar un sendero en el que hoy soy tan vulnerable.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Historias en una Iglesia


Distintas manos que aquellas que lo tallaron van rozando el bruñido ataúd. La funeraria no ha tardado en exigir el obligado peaje que resta al alma para ir al cielo, y los vivos lloran a los muertos. El cura canta misa, ofrece palabras de consuelo mientras las miradas se pierden en el tenebroso vacío de la iglesia. Su timbre de voz infunde pavor a las masas laicas. Retumban los ecos, las lágrimas no dejan de brotar y unos hieráticos individuos esculpidos en piedra hace más de mil años observan a aquellos extraños visitantes. Reina el silencio, el miedo a la muerte, el apego a los recuerdos, todavía aun tan cálidos y cercanos. Filas de butacas pobladas de personas miran en dirección al altar. Se postran ante aquel Dios que dicen venerar y jamás visitan. Ingratos se acuerdan de él cuando tachones en números de la agenda obligan a aferrarse al tiempo. Al sonido del reloj, a un nuevo amanecer. No suplican por la muerte, por aquello que hay detrás de la muerte. La permanente oscuridad de una noche de invierno, a la que algún día sucumban, dejando la luz que ilumina sus senderos.
Se refugian detrás de agujas a sentimientos y a recuerdos como a objetos  que tal vez poseyeran y nunca quisieron compartir. Un rostro sostenido por una sotana virgen, impoluta, agita los sentimientos de estas personas. Los 12 hijos de Jacob ríen. Inmortales descansan en paz, seguros del papel que desempeñaron.  Con el orgullo de ser recordados, con la certeza de saber quienes fueron, y con el asco de ser pasto de las cabras, que manipulados por el pastor acuden a adorar al hijo Dios. Las rodillas de los hombres vencidas al fin regresan a su estado natural, dirigiéndose con apremio a su hogar de nuevo. El Dios padre vuelve a ser abandonado por sus hijos. Pronto la muerte llamará de nuevo a las puertas de la iglesia. Las campanas, su eco... Entonces distintas rodillas caerán sobre el piso de la Iglesia. Los hijos de Jacob volverán a despertarse, con una sonrisa entre los labios, con el mismo regocijo de siempre. Mientras, el Dios padre derrama lágrimas, por la muerte de un hijo suyo, por la vida de muchos otros.

lunes, 22 de febrero de 2010

La eterna lucha



¿Pescarás con anzuelo a Leviatán, sujetarás su lengua con cordeles?
¿Le pasarás un junco por la nariz, traspasarás su mandíbula con ganchos?
¿Te vendrá con largas súplicas y te hablará con voz humilde?
¿Hará contigo el trato de ser tu siervo de por vida?
¿Jugarás con él como con un pájaro, lo atarás para diversión de tus hijas?
¿Lo pondrán en venta los asociados, se lo disputarán los mercaderes?
¿Le acribillarás la piel con dardos, su cabeza con artes de pesca?
Ponle la mano encima: ¡te acordarás de la lucha y no insistirás!
Tu esperanza sería ilusoria, pues sólo su vista aterra.
No hay audaz capaz de provocarlo, ¿quién puede resistirle frente a frente?
¿Quién le plantó cara y salió ileso? ¡Nadie bajo los cielos!

Job 40:25-32;41:1-3


Aunque  constantes han sido los contactos entre las distintas culturas que han coexistido a lo largo de la historia en nuestro planeta, desde hace 518 años las relaciones y en los últimos dos siglos con mayor énfasis la interdependencia de las mismas es notablemente superior. Hoy con el advenimiento de la sociedad postindustrial, con el aparente triunfo del capitalismo, y la cada vez mayor expansión de los mercados, los peligros a este sistema cimentado a partir del dinero son pocos. El principal, aparentemente, el terrorismo internacional, que el 11 de Septiembre de 2001 supo atacar en el corazón financiero de la primera potencia mundial y demostrar que lejos del fin de la historia (como Fukuyama sugería una década antes) queda un largo camino plagado de posibles peligros y de incertidumbre, sin embargo no menor que la que ha sufrido la humanidad a lo largo de su particular epopeya.

El atentado a las torres gemelas, tras años de estabilidad y de prosperidad (aparente desde luego) inauguraba un nuevo capítulo de la historia de la humanidad, ya otras muchas veces vivido y que de nuevo se repite; el de la lucha entre el Estado y el individuo. El estado de excepción, las restricción de los derechos individuales en favor de la seguridad pública, las violaciones reiteradas de los mismos, en una de las democracias más viejas del planeta, y primera potencia mundial. Guantánamo simplifica perfectamente una lógica maquiavélica. El individuo pierde su posición privilegiada como firmante de un pacto social, para convertirse en títere de las voluntades de un Estado dirigido por una minoría, que siempre, al menos en nuestros tiempos modernos, carece de la preparación necesaria como para asumir ese reto y las responsabilidades que se autoatribuyen, y que incluso el ciudadano guiado por el miedo y la manipulación de los medios de comunicación - cómplices de las clases gobernantes - llega incluso a refrendar tales actuaciones en las urnas (ejemplo de ello es la victoria electoral de Bush en 2004).

Y no es que esas violaciones de los derechos pertenezcan exclusivamente a la contradictoria - al menos teórica - lógica de los neoliberales, o de los neoconservadores y siempre presentes reaccionarios. Sin ir más lejos el premio Nobel de la paz Barack Obama y el laborista Gordon Brown han protagonizado episodios similares con la implantación de escáneres corporales. De igual manera que la cárcel de Guantánamo continua abierta tras haber incumplido el presidente norteamericano su promesa de cerrarla en el plazo de un año.

Muchos opinarán que se mueven guiados por el interés general y que su capacidad de liderazgo merece nuestra insumisión. Pero yo como individuo me niego a realizar semejante acción en detrimento de mis derechos naturales, y de mi dignidad personal. La manipulación de los medios, los intereses corporativos, la demagogia de la clase política, la corrupción, la falta de espíritu crítico en el seno de los partidos políticos, y la degradación además de la siempre constante ambición de los dirigentes obliga a desconfiar de toda esa parafernalia que mediante el voto ciudadano se llega a convertir en gobierno del Estado.
No obstante, no volveré a caer en el cinismo y admitiré que el actual sistema democrático es el mejor esfuerzo habido hasta la fecha de los gobernados de poner coto a los abusos de poder.
Pero lo cierto es que el Estado es un monstruo difícil de controlar, imagen de un poder absoluto y de una tiranía que sólo el activismo del ciudadano puede llegar a frenar. Ese Leviatán de Hobbes que años después, y con el triunfo del Estado liberal sigue constantemente acechándonos en forma de abusos, que por mínimos que sean evidencian el carácter de ese demonio.

Los tiempos han cambiado y si bien no en todos los países, en muchos de ellos, las barricadas y los asesinatos han sido suprimidos en aras de la convivencia y del equilibrio social por interpelaciones, inputs, manifestaciones, boicots y decenas de instrumentos con los que el ciudadano puede reafirmar su existencia y sus intereses.

La sociedad en convivencia y asociación a través del Estado destaca en importancia por ser un medio y no un fin. Así por tanto un instrumento con el que proteger cada uno de los intereses individuales que existen en el conjunto del mismo, porque lo que bien puede ser positivo para uno, puede no serlo para otro y viceversa, y la insumisión del afectado en cada caso sólo sería muestra de pasividad, en el caso de no existir un espíritu individual por parte del mismo, o por la no-actuación fruto de la opresión de un sistema que impide reclamar tus derechos, que el mismo perjudica.

Cuando el Estado es un fin, se aleja de sus funciones y adquiere rasgos totalitarios. No se aglutinan los intereses de cada uno de los miembros de la comunidad, sino que la minoría gobernante impone aquello que dicta su conciencia. No hace falta constatar que ese proceso lejos de ser revolucionario, científico, histórico o liberador es opresivo e impone voluntades de unos sobre otros. Sólo mediante el pacto social, puede haber una defensa de intereses, y no una superposición de unas doctrinas, sobre otras, y que si bien pueden ser comprehensibles y estar fundadas en la razón, no lo pueden estar para otras personas, que verán en el Estado una imposición material y espiritual, siempre y cuando no defienda sus derechos o acaben por sucumbir al mismo, y terminando al fin por comulgar con el mismo.

El papel del individuo ante esta amenaza es el de no aceptar nada que venga desde arriba sin control. Es el no ser sumiso, pues siéndolo pasa a ser un hombre-masa, sin moral, guiado por el conjunto y que acata todo aquello que provenga del movimiento, del embrión de ese futuro Leviatán, y detrás del que se esconden personajes de carne y hueso. El hombre se convierte en esclavo, en una partícula de arena, obligada a formar parte de esa indivisible realidad perdiendo su libertad, su condición inherente como individuo de poder elegir, y que le obligará a vivir arrodillado o dejar de hacerlo. Es el discurso del engaño, que mediante el odio y la demagogia trata de dormir a las personas, y atentar contra su razón, que les permite pensar y su libertad, que les posibilita decidir qué pensar.

La imposición, a costa del conjunto, del todo. ¿Es sucumbir a ella la única opción para salvaguardar nuestra seguridad? Lo cierto es que no, y tampoco sugiero vivir permanentemente con un rifle debajo de la almohada, siendo nuestros únicos guardianes. Y lo digo porque el mismo potencial de autoridad y de infinito poder que puede llegar a tener el Estado, lo puede tener de protector.

Es la lucha constante entre el espíritu humano con origen en su resistencia a ser aplastado como persona y el Leviatán, lo que nos hace animales sociales, y no esclavos o náufragos.
Esa lucha siempre recomienza, y los abusos de poder obligan a permanecer ya no alerta, sino en primera línea de batalla. Para envestir con fuerza contra ese monstruo, y no herirle mortalmente, como buscaba el capitán Ahab a la gran ballena blanca en Moby Dick, sino más bien encontrando el sentido de nuestra existencia como haría más tarde Santiago en el Viejo y el mar de Hemingway.
Es la lucha entre pez enorme, ballena o Leviatán,,  y el hombre lo que da sentido a nuestra existencia, lo que posibilita el progreso, y lo que nos da un papel en el tiempo y no hundirnos en la profundidad del océano.

La historia del pueblo judío (precisamente fueron los que acuñaron el término de Leviatán, seguramente por un tipo de monstruo enorme - pez, ballena, cachalote...- que solía rondar por la costa)  sirve como paradigma de la historia de la humanidad. El pueblo elegido, indefenso y desvalido, atormentado y castigado en innumerables ocasiones, consigue al fin un lugar en el que descansar bajo el azul del cielo. Pero entonces en el instante en que funda su propio Estado y deja de estar desprotegido se venga de aquellos males que padeció y precisamente los infringe en casa ajena. Es la fuerza de la seguridad, del Leviatán. El poder de tener una protección superior, que si bien legal y no Divina hace a los hombres creerse capaces de poder aplastar a los hombres. Es aquello que hace sucumbir a los hombres al Leviatán y llevarnos al fondo del océano.

Debemos estar alerta, pues si bien necesitamos de él para que luche contra nuestros enemigos, hemos de llegar a someterlo domesticándolo, conociéndolo bien, enfrentándonos a él, y no dejar que algún día tenga la suficiente fuerza como para devorarnos.