sábado, 31 de octubre de 2009

Cuadernos de bitácora


Me acercaba cada vez más. Remaba y remaba. Los dioses me amparaban, el viento soplaba a mi favor, mi amada me había augurado un buen viaje. Seguro de mí mismo había estado hasta entonces.
Sin embargo la orilla parecía tan lejana... Cada vez más lejana, cada vez yo más lejos. Que distinto ver el mar desde la arena. Que distinto verlo desde encima, tan próximo, tan vulnerable yo. Era una ola más. Las profundidades me vigilaban desde abajo, el viento me movía desde arriba. Una ola en medio de aquel océano y me faltaba agua. Tanta como para dejar de existir, tanta como para desaparecer sin dejar rastro, en medio de la nada, en el principio del todo. Pero me había alejado demasiado. Ya no era yo. Ya no se trataba del mar, tampoco del viento. Ni de la tierra o las distancias entre ellas. Era sobre algo que olvidé al zarpar, que perdí en alta mar, que ya no recordaba y a la vez ansiaba.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Neither out far nor in deep


Era un día cualquiera, de un mes y un año cualquiera. Un calendario cualquiera, y yo era un hombre cualquiera aquella mañana. Cuatro primaveras y las demás estaciones. Mi cuerpo empapado y no de sudor. Las gaviotas me hablaban, podía comprenderlas. Nada de niebla ni nubes, mas lo conseguí. Fui capaz de ver. De ver hasta allá donde me permitían mis ojos. Limitaciones: las pupilas y el viento, perdón de ser humanos. Mi único objetivo el infinito. Aquella, aquella línea situada al final de mis sueños, de todo mi camino. De sensaciones y alguna que otra percepción. De aquellas escarpadas pendientes que ahora dejaban paso a la más absoluta planicie.

Culminaba mi viaje. Me despedía de aquellos sonidos, olores y formas. Y a la vez volvía a verlos, mejor que nunca. La verdad hecha realidad. Más amarga, menos putrefacta, más sincera. Y se escondía detrás de toda esa gente. Se esconde y nadie me la quiso mostrar. La avaricia del que llega al final del sendero y conoce los detalles que el resto desconocemos, pero aún así no los revela. Mientras. Mientras miramos entre sombras y cenizas, entre cadenas y garrotes, imploramos y nos devoramos en el fondo de un agujero del que pocos saldremos y en el que las sombras invadirán hasta el más aparente pensamiento que pueda surcar por nuestras vacías mentes.

Nada existió, sólo ahora yo existía. El infinito en aquella partícula, mis partículas mirando al infinito. Era aparente y nunca lo hubiese imaginado. ¿Quién había sido? ¿Hacia dónde había mirado hasta aquel momento? Sabía ahora que aquel era yo. Que fácil y difícil había sido. Un simple pestañeo hacia el lugar indicado me bastaba. Pero no había sido capaz. Ahora una brisa acompañaba mi melodía, la de la victoria y me hacía volar hacia aquel lugar que yo bien sabía dónde estaba.

domingo, 25 de octubre de 2009

Bayayes


En muchas ciudades africanas existen bayayes, que son minorías que llegadas de otro lugar son marginadas y se limitan a deambular sin un rumbo fijo. Reflejan un sueño mucho menos dulce que el americano; el de partir de la miseria para llegar a un sitio peor aún. Sus ojos no indican desesperación, odio o resentimientos, sino algo mucho más terrorífico, la nada. De su rostro la ilusión por vivir había desaparecido incluso antes de haber sido engendrados. El vivir y el morir son términos que carecen de valor en estas personas. Nacen muertos y mueren sin vida. La esperanza no existe y vivir significa contar las horas que quedan para desaparecer. Los parias no se organizan, no piensan en un futuro mejor, su función vital reside en buscar un poco de alimento, una sombra entre la barbarie del sol, un arma para defenderse de la barbarie del hombre. Pero ¿de qué sirve hablar del colmo entre los colmos, del paradigma de lo animal entre lo humano, de la ejemplificación de las diferencias existentes en nuestro planeta?, ¿De la última punta de un iceberg llamado hambre y destrucción que asuela África? De nada, probablemente.

Actuar desde la apariencia


¿Hacia dónde vamos? Miramos los últimos años y nos debería invadir la vergüenza. Letras y más letras. Las letras de una casa más grande, de un televisor más plano, de un coche más rápido. ¿Nos han mentido con la crisis? ¿Nos hemos mentido a nosotros mismos? No podemos depender de la confianza que traten de transmitirnos. El concesionario siempre querrá que compres su coche, la inmobiliaria que compres su casa, y el Estado que confíes en él y pagues despreocupado tus impuestos. Confiar en los demás sin antes haber pensado lo que querían de nosotros. Y además no haber pensado qué es lo que realmente echábamos nosotros en falta. El producto del anuncio no es siempre lo que aparenta ser, y la sensación que nos produce el mismo no es o no ha sido nunca la que debería ser.

viernes, 23 de octubre de 2009

Alegoría a medianoche


Cordófono, cuerdas percutidas, caja de resonancia transmisora de vibraciones. Un piano. Ochenta y ocho teclas. Un número determinado de sonidos, la posibilidad de combinarlos de innumerables formas. Complementarlos, enfrentarlos según la voluntad del músico. Representarlos según la voluntad de la partitura. Imaginarlos según la espontaneidad del instante.

Música al fin y al cabo. Crear música con solo presionar una tecla, haciendo que su explosión levante masas, llene corazones, cree sueños allí donde más se necesitan. La música, la mejor interpretación hecha por el hombre de la realidad. La más sincera, la más visible y palpable, aún cuando sea inmaterial. Enlazar cadenas creando mundos con solo un movimiento. El contacto con lo infinito. Ser capaces de instrumentalizar el universo, de ponerlo al servicio de las fieras y conseguir amansarlas. La creación que nos une y nos separa, que nos empuja cuando la cobardía se ha apoderado de nosotros, que nos droga de pensamientos si nos pesa la realidad. Representación de lo perecedero e imperecedero, de lo humano y de lo no humano, de todo aquello que nos rodea, y que podemos sentir sin siquiera abrir los ojos.

Cuanto por aprender y qué poco tiempo para hacer música.

sábado, 17 de octubre de 2009

Y qué somos...


Un día empecé a contar estrellas y aún no he terminado. Mi cuello inclinado hacia atrás y mis ojos atentos, dedicados, vislumbrando un horizonte mucho mayor que el que nos ofrece la mar. Un intento de comprender y de poder transmitir. Un intento vano que se perderá en la oscuridad de la noche. La certeza contra la extrañeza. La seguridad en decadencia que queda arropada por un tenebroso manto. El manto de la desilusión que nos cubre y nos oprime desde la grandeza del universo. Un inmenso espejo que refleja la probable inconsciencia del que mira. El intento de regalar al monte todos los granos de arena de una playa desierta. Nuestro fracaso de intentar ordenar todo. Ordenar la apariencia de nuestras facciones mediante la cosmética y ocultar nuestros pensamientos, ordenar la visión de los lugares mediante la cosmografía y olvidar la destrucción generada, ordenar el universo mediante la cosmología y confundir nuestra propia existencia.

La razón, poderosa sin duda, pero limitada en su posibilidad de lograr atrapar todo aquello que aparentemente se coloque a su alcance. Una presa fragante, mas inolora e incolora, inexistente más que en nuestra ingenua clarividencia.
Nos enamoramos de los poemas y nos cansamos de las historias. Despreciamos a los poetas y encumbramos a los escritores. Pensamos y callamos, mentimos y matamos. ¿Cómo entonces sentirnos dignos de mirar al cielo?

Marinero, viejo marinero.


Vivir. ¿Cómo queremos vivir? Dirigimos nuestra mirada al horizonte, al otro lado del océano. Escudriñamos en cada rincón, en cada ángulo y agujero. Buscamos cambiar el mundo, que las cosas sean distintas. Nos reivindicamos como una pieza suficientemente poderosa como para ganar la partida en el tablero. Olvidamos la finitud y lo minúsculo y reducido de nuestra existencia. Soñamos con arreglar las cosas pero ni siquiera buscamos la mejor forma de hacerlo. Nuestra decisión y nuestro coraje nos empujan hacia delante seguros del papel que creemos representar, y no tenemos en mente jamás la posibilidad de fracasar o de dar un paso atrás antes de avanzar. Sondeamos la inmensidad de la existencia y colocamos banderas y señales allá a donde nos dirigimos, aún sin saber si es ese laberinto el lugar en el que deseamos terminar nuestros días.

Vivimos en un buque con un número determinado de pasajeros y pese a ello convivimos con las innumerables olas del mar, que nos hacen retroceder y naufragar o por vicisitudes del destino nos empujan con fuerza hacia lo inexorable. Dentro de esta dualidad esperamos llegar a la otra orilla, seguros de que lo haremos. Los logros cimientan nuestro recorrido y siempre buscamos más para seguir viéndonos capaces. Pero ¿cómo encontrar la felicidad entre el todo y la nada, en un infinito que definitivamente se muestra como ininteligible para nuestras circunscritas mentes? ¿No somos al fin y al cabo un número, un camarote de un solo barco?

La vida pesa. Es como otros ya han dicho, un camino demasiado largo, una mujer demasiado hermosa, un perfume demasiado fuerte. ¿Por qué no conformarnos con la sencillez del barco, con la calidez de nuestros camaradas y con la seguridad de saber hacia dónde vamos y dónde acabaremos?

Somos demasiado ambiciosos y nos proponemos retos imposibles queriendo transformar cosas cuando quizás lo que debamos hacer primero es cambiarnos a nosotros mismos.