domingo, 25 de octubre de 2009

Actuar desde la apariencia


¿Hacia dónde vamos? Miramos los últimos años y nos debería invadir la vergüenza. Letras y más letras. Las letras de una casa más grande, de un televisor más plano, de un coche más rápido. ¿Nos han mentido con la crisis? ¿Nos hemos mentido a nosotros mismos? No podemos depender de la confianza que traten de transmitirnos. El concesionario siempre querrá que compres su coche, la inmobiliaria que compres su casa, y el Estado que confíes en él y pagues despreocupado tus impuestos. Confiar en los demás sin antes haber pensado lo que querían de nosotros. Y además no haber pensado qué es lo que realmente echábamos nosotros en falta. El producto del anuncio no es siempre lo que aparenta ser, y la sensación que nos produce el mismo no es o no ha sido nunca la que debería ser.

viernes, 23 de octubre de 2009

Alegoría a medianoche


Cordófono, cuerdas percutidas, caja de resonancia transmisora de vibraciones. Un piano. Ochenta y ocho teclas. Un número determinado de sonidos, la posibilidad de combinarlos de innumerables formas. Complementarlos, enfrentarlos según la voluntad del músico. Representarlos según la voluntad de la partitura. Imaginarlos según la espontaneidad del instante.

Música al fin y al cabo. Crear música con solo presionar una tecla, haciendo que su explosión levante masas, llene corazones, cree sueños allí donde más se necesitan. La música, la mejor interpretación hecha por el hombre de la realidad. La más sincera, la más visible y palpable, aún cuando sea inmaterial. Enlazar cadenas creando mundos con solo un movimiento. El contacto con lo infinito. Ser capaces de instrumentalizar el universo, de ponerlo al servicio de las fieras y conseguir amansarlas. La creación que nos une y nos separa, que nos empuja cuando la cobardía se ha apoderado de nosotros, que nos droga de pensamientos si nos pesa la realidad. Representación de lo perecedero e imperecedero, de lo humano y de lo no humano, de todo aquello que nos rodea, y que podemos sentir sin siquiera abrir los ojos.

Cuanto por aprender y qué poco tiempo para hacer música.

sábado, 17 de octubre de 2009

Y qué somos...


Un día empecé a contar estrellas y aún no he terminado. Mi cuello inclinado hacia atrás y mis ojos atentos, dedicados, vislumbrando un horizonte mucho mayor que el que nos ofrece la mar. Un intento de comprender y de poder transmitir. Un intento vano que se perderá en la oscuridad de la noche. La certeza contra la extrañeza. La seguridad en decadencia que queda arropada por un tenebroso manto. El manto de la desilusión que nos cubre y nos oprime desde la grandeza del universo. Un inmenso espejo que refleja la probable inconsciencia del que mira. El intento de regalar al monte todos los granos de arena de una playa desierta. Nuestro fracaso de intentar ordenar todo. Ordenar la apariencia de nuestras facciones mediante la cosmética y ocultar nuestros pensamientos, ordenar la visión de los lugares mediante la cosmografía y olvidar la destrucción generada, ordenar el universo mediante la cosmología y confundir nuestra propia existencia.

La razón, poderosa sin duda, pero limitada en su posibilidad de lograr atrapar todo aquello que aparentemente se coloque a su alcance. Una presa fragante, mas inolora e incolora, inexistente más que en nuestra ingenua clarividencia.
Nos enamoramos de los poemas y nos cansamos de las historias. Despreciamos a los poetas y encumbramos a los escritores. Pensamos y callamos, mentimos y matamos. ¿Cómo entonces sentirnos dignos de mirar al cielo?

Marinero, viejo marinero.


Vivir. ¿Cómo queremos vivir? Dirigimos nuestra mirada al horizonte, al otro lado del océano. Escudriñamos en cada rincón, en cada ángulo y agujero. Buscamos cambiar el mundo, que las cosas sean distintas. Nos reivindicamos como una pieza suficientemente poderosa como para ganar la partida en el tablero. Olvidamos la finitud y lo minúsculo y reducido de nuestra existencia. Soñamos con arreglar las cosas pero ni siquiera buscamos la mejor forma de hacerlo. Nuestra decisión y nuestro coraje nos empujan hacia delante seguros del papel que creemos representar, y no tenemos en mente jamás la posibilidad de fracasar o de dar un paso atrás antes de avanzar. Sondeamos la inmensidad de la existencia y colocamos banderas y señales allá a donde nos dirigimos, aún sin saber si es ese laberinto el lugar en el que deseamos terminar nuestros días.

Vivimos en un buque con un número determinado de pasajeros y pese a ello convivimos con las innumerables olas del mar, que nos hacen retroceder y naufragar o por vicisitudes del destino nos empujan con fuerza hacia lo inexorable. Dentro de esta dualidad esperamos llegar a la otra orilla, seguros de que lo haremos. Los logros cimientan nuestro recorrido y siempre buscamos más para seguir viéndonos capaces. Pero ¿cómo encontrar la felicidad entre el todo y la nada, en un infinito que definitivamente se muestra como ininteligible para nuestras circunscritas mentes? ¿No somos al fin y al cabo un número, un camarote de un solo barco?

La vida pesa. Es como otros ya han dicho, un camino demasiado largo, una mujer demasiado hermosa, un perfume demasiado fuerte. ¿Por qué no conformarnos con la sencillez del barco, con la calidez de nuestros camaradas y con la seguridad de saber hacia dónde vamos y dónde acabaremos?

Somos demasiado ambiciosos y nos proponemos retos imposibles queriendo transformar cosas cuando quizás lo que debamos hacer primero es cambiarnos a nosotros mismos.

viernes, 16 de octubre de 2009

Carta de Unamuno a Lorenzo Giusso

La barbarie es unánime. Es el régimen de terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado la lepra católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre los hunos y los hotros. Y aquí está mi pobre España, se está desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo...

lunes, 5 de octubre de 2009

Matar



Hay cientos de formas de matar a una persona. Se puede asesinar, ajusticiar, ejecutar, ahorcar, ahogar, decapitar, desnucar, degollar, guillotinar, fusilar, asfixiar, electrocutar, envenenar, lapidar, linchar, inmolar o sacrificar a un individuo. La muerte es el acto final, sin embargo la representación previa a la bajada del telón queda en manos de los actores principales. Pueden entrar en juego súplicas, lamentos, gritos, golpes, instrumentos... Gran cantidad de elementos que puedan acelerar o ralentizar el proceso. Armonizarlo, embellecerlo o incluso satanizarlo. El desenlace es siempre el mismo. El fin de la vida y el principio de la muerte. El término de un tipo de existencia y el inicio de otra. Matar. La duración del proceso puede ser mínima o infinita, pero lo cierto es que lo que desaparece; la vida, tarda técnicamente un sólo instante en desvanecerse. El hecho de poder salvar la vida de una persona en una milésima de segundo demuestra mi teorema y el hecho de que suframos una obra teatral casi cómica y ante todo de una fragilidad tremenda en su desenlace. Anticipar el final es difícil, pues nos guía el destino, y salirse del guión no entra en nuestro papel. Es trágico para algunos ver que no habrá una segunda parte, pero es nuestra naturaleza y esta está exenta de cualquier capacidad de improvisación. La función no estaba protagonizada por un mago, sino por un simple fulano de carne y hueso.

Sin embargo lo cierto es que al final cuando se mata es porque hay alguien o algo detrás. En lo referente a las personas - siempre y cuando el autor del suceso sea consciente y responsable del mismo - el que comete el acto sabe que deberá de responder ante él mismo y ante la ley. Matar a alguien implica el valor de ser capaz de matar, el riesgo que implica esa acción, la sangre fría, la capacidad de asumir ese hecho, además de una serie de represalias por parte de la sociedad, por los amigos del fallecido, por su familia o por nuestra propia conciencia. El valor determina que uno pueda o no matar a una persona. Una persona con ese valor y esa capacidad de asesinar podrá matar a la última persona del mundo, aquella que nunca ha visto y con la que jamás se hubiese topado, pero que el hecho de cruzarse en su camino unido a esa máquina destructiva que es su verdugo, habrán de suponer su muerte. Y sin embargo podemos estar enfrente del peor de nuestros enemigos, con todas las condiciones a nuestro favor, que si no tenemos ese valor, jamás acabaremos con su vida. No existe justicia en la muerte, existe coraje, decisión, y no deja por ello de ser despreciable.

A su vez,  el hecho de matar implica una respuesta por parte de la ley. Podemos correr el riesgo de asesinar a alguien y enfrentarnos al peso de la ley, o bien podemos asesinar a alguien amparados en las leyes. Un soldado en una guerra es consciente de que asesinará a una persona y aún en el peor de los casos siendo un acto de supervivencia, lo cierto es que estará quitando la vida de una persona, y nadie más que sus enemigos podrán echarle nada en cara. La ley quizás no permita matar, pero ¿quién es responsable de un asesinato cuando el ejecutor no habrá de verse condenado por su acto? 

Matar. Algo tan fácil y difícil. Tan humano e inhumano. Somos capaces de matar e incluso nos permiten hacerlo. ¿Hasta cuando? La obra debe ser larga, no nos gustaría que nos la arruinasen. Queremos disfrutar con ella, a pesar de que son los guionistas los que la escriben. Pero bueno, siempre puede el público quejarse de que no le ha gustado la realización. No sólo se puede aplaudir en una sala, los abucheos también cuentan.

Repartición de la ignorancia



Si formulamos la omnipresente pregunta de qué buscamos en la vida, la mayoría coincidirá en el objetivo a alcanzar: ser feliz. Eso se puede conseguir de múltiples formas, según la rigidez de los valores de uno y del peso que puedan tener los sueños durante el transcurso de su vida. Para la gran mayoría la felicidad reside en tener cosas: una casa confortable, un coche descapotable, una mujer despampanante. Objetivos hay miles. Uno puede fracasar o tal vez triunfar en su consecución o puede incluso llegar a fracasar triunfando, reflexionando al final de sus días sobre si tal vez se equivocó de luna y debió mirar hacia el sol.

Otros mucho más solidarios buscan objetivos más difíciles, pero mucho más humanos. Amar, ayudar al prójimo, cambiar el mundo. Aquellos más prácticos dentro de este grupo de fantasiosos pensarán que está en nuestras manos alcanzar un mundo mejor. Tal vez no cambiando el mundo en si, pero sí desde luego modificando muchos aspectos.

Hoy en día aquello que más puede llegar a enternecernos y a hacernos poseedores de un corazón de grandes dimensiones es sin duda el hambre en el mundo. Queremos que todo el mundo viva bien, por eso los pobres deben vivir como ricos. Ya está bien de las chabolas y de las largas caminatas. Se merecen un buen transporte y una vivienda digna. Y si puede ser una mansión en el Caribe y un avión privado mucho mejor. La gente debe mejorar, y cuanto mayor sea el crecimiento de su economía, mejor vivirá.

Desde luego que la gente debe vivir mejor. Pero no hemos de olvidar que vivir mejor es ser felices, y tener un trozo de pan no nos garantiza ser felices. Apuesto a que miles de personas cambiarían su cochazo por un minuto de verdadera felicidad.

Antes de desarrollar un ejercicio de solidaridad hemos de analizar si realmente estamos ayudando a alguien cuando le damos cosas. Evidentemente no estoy hablando de algo que comer, algo con lo que taparse, algo con lo que aprender o algo con lo que curarse (aspectos fundamentales para vivir y sobrevivir como personas), sino con un determinado tipo de crecimiento que buscamos en las personas y que no necesariamente indica un desarrollo de las oportunidades de ser felices.

Sin duda el reparto de la riqueza distribuyéndose de forma que todo el mundo pueda vivir como ciudadano es fundamental para seguir nuestro camino, sin el temor de ser devorados por un tsunami debido a la fragilidad de nuestra vivienda, por morir de malaria o por el temor de desconocer el mundo en que vivimos. Pero, ¿realmente debe ser una meta la repartición de toda la riqueza? Comprendo que desde la miseria, la desesperación, la esclavitud o la opresión no se ven las cosas de la misma forma, pero teniendo unos niveles básicos de bienestar material, ¿para qué tener más? No nos debe importar que uno sea más rico que otro si sabemos que la felicidad reside en otro lugar. El sufrimiento de los instintos no es peor que el de las pasiones. Naturalmente debemos buscar un mundo en el que todos podamos ver satisfechos nuestros instintos, pero en cuanto a las pasiones nadie nos garantiza la forma exacta de mantenerlas controladas. Cambiar el mundo implica justicia, solidaridad, humanidad, pero no felicidad. Cada uno debe ser feliz desde su propia filosofía y encontrar la felicidad allá donde crea oportuno. Podemos ser solidarios desde nuestra condición de humanos, pero jamás debemos exportar nuestra concepción del mundo y tratar de representarla en otros lugares cuando ni siquiera sabemos si somos felices. La felicidad depende de nosotros, no de la complejidad o simplicidad del mundo, de los billetes de nuestra cartera o de la abundancia de nuestra nevera.