viernes, 16 de octubre de 2009

Carta de Unamuno a Lorenzo Giusso

La barbarie es unánime. Es el régimen de terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado la lepra católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre los hunos y los hotros. Y aquí está mi pobre España, se está desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo...

lunes, 5 de octubre de 2009

Matar



Hay cientos de formas de matar a una persona. Se puede asesinar, ajusticiar, ejecutar, ahorcar, ahogar, decapitar, desnucar, degollar, guillotinar, fusilar, asfixiar, electrocutar, envenenar, lapidar, linchar, inmolar o sacrificar a un individuo. La muerte es el acto final, sin embargo la representación previa a la bajada del telón queda en manos de los actores principales. Pueden entrar en juego súplicas, lamentos, gritos, golpes, instrumentos... Gran cantidad de elementos que puedan acelerar o ralentizar el proceso. Armonizarlo, embellecerlo o incluso satanizarlo. El desenlace es siempre el mismo. El fin de la vida y el principio de la muerte. El término de un tipo de existencia y el inicio de otra. Matar. La duración del proceso puede ser mínima o infinita, pero lo cierto es que lo que desaparece; la vida, tarda técnicamente un sólo instante en desvanecerse. El hecho de poder salvar la vida de una persona en una milésima de segundo demuestra mi teorema y el hecho de que suframos una obra teatral casi cómica y ante todo de una fragilidad tremenda en su desenlace. Anticipar el final es difícil, pues nos guía el destino, y salirse del guión no entra en nuestro papel. Es trágico para algunos ver que no habrá una segunda parte, pero es nuestra naturaleza y esta está exenta de cualquier capacidad de improvisación. La función no estaba protagonizada por un mago, sino por un simple fulano de carne y hueso.

Sin embargo lo cierto es que al final cuando se mata es porque hay alguien o algo detrás. En lo referente a las personas - siempre y cuando el autor del suceso sea consciente y responsable del mismo - el que comete el acto sabe que deberá de responder ante él mismo y ante la ley. Matar a alguien implica el valor de ser capaz de matar, el riesgo que implica esa acción, la sangre fría, la capacidad de asumir ese hecho, además de una serie de represalias por parte de la sociedad, por los amigos del fallecido, por su familia o por nuestra propia conciencia. El valor determina que uno pueda o no matar a una persona. Una persona con ese valor y esa capacidad de asesinar podrá matar a la última persona del mundo, aquella que nunca ha visto y con la que jamás se hubiese topado, pero que el hecho de cruzarse en su camino unido a esa máquina destructiva que es su verdugo, habrán de suponer su muerte. Y sin embargo podemos estar enfrente del peor de nuestros enemigos, con todas las condiciones a nuestro favor, que si no tenemos ese valor, jamás acabaremos con su vida. No existe justicia en la muerte, existe coraje, decisión, y no deja por ello de ser despreciable.

A su vez,  el hecho de matar implica una respuesta por parte de la ley. Podemos correr el riesgo de asesinar a alguien y enfrentarnos al peso de la ley, o bien podemos asesinar a alguien amparados en las leyes. Un soldado en una guerra es consciente de que asesinará a una persona y aún en el peor de los casos siendo un acto de supervivencia, lo cierto es que estará quitando la vida de una persona, y nadie más que sus enemigos podrán echarle nada en cara. La ley quizás no permita matar, pero ¿quién es responsable de un asesinato cuando el ejecutor no habrá de verse condenado por su acto? 

Matar. Algo tan fácil y difícil. Tan humano e inhumano. Somos capaces de matar e incluso nos permiten hacerlo. ¿Hasta cuando? La obra debe ser larga, no nos gustaría que nos la arruinasen. Queremos disfrutar con ella, a pesar de que son los guionistas los que la escriben. Pero bueno, siempre puede el público quejarse de que no le ha gustado la realización. No sólo se puede aplaudir en una sala, los abucheos también cuentan.

Repartición de la ignorancia



Si formulamos la omnipresente pregunta de qué buscamos en la vida, la mayoría coincidirá en el objetivo a alcanzar: ser feliz. Eso se puede conseguir de múltiples formas, según la rigidez de los valores de uno y del peso que puedan tener los sueños durante el transcurso de su vida. Para la gran mayoría la felicidad reside en tener cosas: una casa confortable, un coche descapotable, una mujer despampanante. Objetivos hay miles. Uno puede fracasar o tal vez triunfar en su consecución o puede incluso llegar a fracasar triunfando, reflexionando al final de sus días sobre si tal vez se equivocó de luna y debió mirar hacia el sol.

Otros mucho más solidarios buscan objetivos más difíciles, pero mucho más humanos. Amar, ayudar al prójimo, cambiar el mundo. Aquellos más prácticos dentro de este grupo de fantasiosos pensarán que está en nuestras manos alcanzar un mundo mejor. Tal vez no cambiando el mundo en si, pero sí desde luego modificando muchos aspectos.

Hoy en día aquello que más puede llegar a enternecernos y a hacernos poseedores de un corazón de grandes dimensiones es sin duda el hambre en el mundo. Queremos que todo el mundo viva bien, por eso los pobres deben vivir como ricos. Ya está bien de las chabolas y de las largas caminatas. Se merecen un buen transporte y una vivienda digna. Y si puede ser una mansión en el Caribe y un avión privado mucho mejor. La gente debe mejorar, y cuanto mayor sea el crecimiento de su economía, mejor vivirá.

Desde luego que la gente debe vivir mejor. Pero no hemos de olvidar que vivir mejor es ser felices, y tener un trozo de pan no nos garantiza ser felices. Apuesto a que miles de personas cambiarían su cochazo por un minuto de verdadera felicidad.

Antes de desarrollar un ejercicio de solidaridad hemos de analizar si realmente estamos ayudando a alguien cuando le damos cosas. Evidentemente no estoy hablando de algo que comer, algo con lo que taparse, algo con lo que aprender o algo con lo que curarse (aspectos fundamentales para vivir y sobrevivir como personas), sino con un determinado tipo de crecimiento que buscamos en las personas y que no necesariamente indica un desarrollo de las oportunidades de ser felices.

Sin duda el reparto de la riqueza distribuyéndose de forma que todo el mundo pueda vivir como ciudadano es fundamental para seguir nuestro camino, sin el temor de ser devorados por un tsunami debido a la fragilidad de nuestra vivienda, por morir de malaria o por el temor de desconocer el mundo en que vivimos. Pero, ¿realmente debe ser una meta la repartición de toda la riqueza? Comprendo que desde la miseria, la desesperación, la esclavitud o la opresión no se ven las cosas de la misma forma, pero teniendo unos niveles básicos de bienestar material, ¿para qué tener más? No nos debe importar que uno sea más rico que otro si sabemos que la felicidad reside en otro lugar. El sufrimiento de los instintos no es peor que el de las pasiones. Naturalmente debemos buscar un mundo en el que todos podamos ver satisfechos nuestros instintos, pero en cuanto a las pasiones nadie nos garantiza la forma exacta de mantenerlas controladas. Cambiar el mundo implica justicia, solidaridad, humanidad, pero no felicidad. Cada uno debe ser feliz desde su propia filosofía y encontrar la felicidad allá donde crea oportuno. Podemos ser solidarios desde nuestra condición de humanos, pero jamás debemos exportar nuestra concepción del mundo y tratar de representarla en otros lugares cuando ni siquiera sabemos si somos felices. La felicidad depende de nosotros, no de la complejidad o simplicidad del mundo, de los billetes de nuestra cartera o de la abundancia de nuestra nevera.

Lo intangible del recuerdo


El pasado día 28 de septiembre asistí en el Instituto francés de Valencia a un encuentro literario con los dos sobresalientes escritores Yasmina Khadra y Alfons Cervera. Durante el transcurso de la tertulia maduré una pregunta que decidí formular a ambos y que ellos obviamente contestaron desde un prisma literario: ¿Qué tiene una mayor importancia para la memoria, las personas o los hechos acontecidos? 

Yasmina Khadra hablaba desde el recuerdo. Sus escritos nacen de la necesidad de reflejar en un papel unas vivencias, pero como escritor; dándoles la forma que bien podría darle un artesano a su cerámica. Alfons Cervera escribe partiendo de aquello que le han contado. No tiene el recuerdo ni el bagaje de aquel que ha presenciado unos hechos con sus propios ojos. Una distinta óptica: el recuerdo y por otro lado el recuerdo desde el recuerdo. Ambos eran coincidentes. Sus personajes mezclan el fondo del hecho a tratar con lo intimista del individuo. No escriben testimonios, pues sus personajes solamente existen en su mente y en la del lector, pero aún cuando no gocen del rigor de un académico, también están creando historia. Sus palabras van cimentando el recuerdo, y aunque igual no sientan la responsabilidad que ello conlleva, están transmitiendo a sus futuros lectores una forma de ver los momentos pasados, inalterable, y que sin duda cimentará las bases del recuerdo.

Un historiador analiza la historia desde un sentido más amplio. Formula enunciados tajantes. Sintetiza la realidad.

Bien que la historia es la historia de la sociedad, pero es peligrosa tarea el hecho de crear postulados generales sin atender a las particularidades, pues al fin y al cabo son estas las que representan la verdad de lo ocurrido. Las personas actúan socialmente, se juntan con otros individuos formando grupos y a su vez pese a quien le pese dejan incluso de comportarse como entidades concretas por la fuerza del discurso de aquel conjunto al que pertenecen. Pero al fin y al cabo la decisión última de sus decisiones, y la esencia de su libertad, reside en ellos. En cada una de esas hormigas que componen nuestro microcosmos existe una conciencia. Y bien podemos afirmar que estas partículas actúan todas de una forma concreta, pero estaremos mintiendo cuando una sola de ellas nos contradiga. La literatura habla del individuo y a partir de este, crea el mundo que desea transmitir. La historia sin embargo habla de aspectos abstractos, en los que las personas deberán de encajar de una forma u otra.

De este modo, la labor del historiador es mucho más cómoda. Desarrolla unas ideas, fruto del recuerdo propio, del recuerdo de otras personas, o incluso del recuerdo de otras personas sobre el de otras personas y buscarán algo muy simple: frases, textos, esquemas. Desde mi punto de vista la realidad es mucho más amplia. La memoria es fundamental para hacer ver a las personas cómo vivieron o murieron sus antepasados. Ésta no merece simplificaciones y debe mantenerse desligada de ideologías, pasiones, modificaciones e intereses personales. Realidad sólo hay una y es difícil de estudiar y de comprender. La acumulación de memoria nos hace olvidar la esencia de lo acontecido, igual que cuando la memoria no existe simplemente hemos de resignarnos de no poder estudiar más que el vacío. Quizás es el momento de entender que la historia no la deben hacer los vencedores, o los perdedores, los tiranos o los héroes, sino aquellos que la padecen y suelen perderse en el olvido, las personas. Puede que sea el momento de callar y dejar que otros hablen. Puede que entendiendo a cada uno de nosotros sepamos qué es lo que deben aprender las generaciones venideras. De otra forma estaremos olvidando nuestro papel y el de la memoria

lunes, 21 de septiembre de 2009

Dioses y personas


Creo en el sistema educativo, pero no como un organismo encargado de adoctrinar a las personas y de hacerles ver la conveniencia de unos preceptos y unos valores socialmente aceptados. Creo en éste como un marco en el que el sujeto pueda aprender y desarrollarse. En el que sea capaz de crear y transformar y de encontrar un hueco y un sentido en el mundo que habrá de sufrir. Igual de importante que el sistema educativo son aquellos aspectos que puedan hacer madurar y permitir realizarse como persona al sujeto. Conversaciones, experiencias, muertes, logros, fracasos... Todo vale para formar a alguien como individuo, especialmente cuando este es consciente de que lleva las riendas de su propio carro. Es difícil tener la certeza de tener bien agarradas esas cuerdas, pues estamos expuestos a continuas manipulaciones: de nuestra propia noción inducida por presiones externas y por otro lado desde la impresión y los juicios que puedan tener los demás sobre nuestro tipo de galope. Es importante escuchar, pero jamás sin reflexionar sobre lo oído, y nunca formando un juicio previo al que debe ser definitivo, el verdadero. La importancia del hombre como sujeto creador es primordial y su ego es necesario para que tenga el convencimiento de ser capaz de encontrar ese espacio, no reservado para él, sino conseguido a base de esfuerzo, de supervivencia, de aprendizaje, de reflexión, de vida. Quizás no hasta el punto de olvidar sus límites humanos dados por su naturaleza, ya que caer en el error es fácil y la humildad debe ser el principio sobre el que edificar nuestro porvenir. No debemos de llegar al extremo de ignorar cualquier aportación externa, porque no somos perfectos e inequívocos como decía el príncipe de Salina eran los sicilianos en el Gatopardo de Lampedusa, mas sí lo suficientemente poderosos como para considerarnos Dioses. Dioses capaces de todo. Inmensos. Con la capacidad de obrar milagros, convertir lo imposible en posible, los sueños en realidad y la ficción en monotonía. De nosotros depende ser fieles a nuestra naturaleza creadora y moldeadora. Basta con no subestimarnos. Ni dejar que lo hagan otros.

domingo, 20 de septiembre de 2009

De hombres y caminos


Estoy atrapado. Atrapado entre coches y humo, entre edificios altos y bajos, entre miles de imágenes y cientos de caras. Estoy atrapado entre vallas y verjas, carteles, letreros, malas caras, cascadas y ríos, lluvia y granizo. Un saludo es una excepción y la indiferencia su respuesta. Las sonrisas fingidas, las apariencias engañosas, las lágrimas falsas, las conversaciones vacías. Los indigentes viven en la calle y los reyes en palacios. Estoy atrapado por nombres y números, líneas y playas, calles, fronteras y techos. Entre razas y especies, géneros y formas. Crece el mundo, crece el conocimiento sobre el mundo, pero no el conocimiento sobre nosotros mismos. Olvidamos qué somos y qué queremos ser. Nos pasamos la vida trabajando sin pensar, sin pensar en lo que somos o en lo que realmente queremos ser. Seguimos caminos ya marcados, caminos que dicen correctos, pero no pensamos si realmente será ese el que deberíamos tomar. Seguimos planos, mapas, hojas de ruta. No nos dejamos llevar por nosotros mismos, por nuestra capacidad para guiarnos. Dejamos de recordar todo lo aprendido y todo lo que nos es propio a nuestra persona. Nos encomendamos a un líder, a alguien que nos diga lo que tenemos que hacer. Ello nos resulta más fácil, más cómodo, pero nos hace perder nuestra identidad como personas. Erramos y volvemos a tropezar con la misma piedra y no levantamos la mirada en busca de un sendero con menos obstáculos. Somos obstinados pero no en aquello que queremos. Somos contradictorios en nuestros juicios, en nuestras valoraciones y en nuestra forma de vivir. Tomamos café descafeinado, leche desnatada o cerveza sin alcohol. Nos da igual lo que realmente estemos tomando. Nos importa la superficie, lo que aparenta ser, aún cuando nada tenga que ver con la esencia de este. Profanamos tumbas y condenamos asesinatos, olvidamos genocidios y lloramos sucesos. Da igual que seamos hombres, basta con que sigan viéndonos como tales durante mucho tiempo.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Vidas léxicas


La existencia de una palabra está marcada por su significado. Existen y existieron palabras capaces de describir mundos enteros. De contar miles de historias y anticipar otras miles. Las palabras son la unión de letras, sonidos y nos sumergen en cientos de lugares y ni siquiera experimentan un ápice de la carga que implica ello. Las palabras matan, crean, hablan, viven, mueren, suben, bajan, enferman, vuelven y van, pero nunca pedirán disculpas, pues es el lector, culpable, el que las enmarca y les otorga un sentido concreto. De él y de su comprensión dependen para prolongar su estadía en nuestros simplones vocabularios. Desaparecerán sin dejar rastro, aún pudiendo tener un significado propio, debido a la capacidad creadora del hombre, de su continua actividad comunicativa y de los amplios campos léxicos en los que se plantan cientos de palabras a pesar de la voluptuosa e intensa actividad tempestiva que tiende a trastocarlas y modificarlas según convenga. De modo que su existencia puede en cierto modo verse marcada por un símbolo reconocido y aceptado, con el que habrán de cargar, aún sin tener ninguna conciencia de ello. Sólo las onomatopeyas carecen de esa forma de vivir tan dependiente y sumisa, pues da igual quién las pronuncie, siempre querrán decir lo mismo, sean fruto del ruido de una explosión, del chasquido de un árbol, del soplo del viento o de los ruidos de un animal.