domingo, 20 de septiembre de 2009

De hombres y caminos


Estoy atrapado. Atrapado entre coches y humo, entre edificios altos y bajos, entre miles de imágenes y cientos de caras. Estoy atrapado entre vallas y verjas, carteles, letreros, malas caras, cascadas y ríos, lluvia y granizo. Un saludo es una excepción y la indiferencia su respuesta. Las sonrisas fingidas, las apariencias engañosas, las lágrimas falsas, las conversaciones vacías. Los indigentes viven en la calle y los reyes en palacios. Estoy atrapado por nombres y números, líneas y playas, calles, fronteras y techos. Entre razas y especies, géneros y formas. Crece el mundo, crece el conocimiento sobre el mundo, pero no el conocimiento sobre nosotros mismos. Olvidamos qué somos y qué queremos ser. Nos pasamos la vida trabajando sin pensar, sin pensar en lo que somos o en lo que realmente queremos ser. Seguimos caminos ya marcados, caminos que dicen correctos, pero no pensamos si realmente será ese el que deberíamos tomar. Seguimos planos, mapas, hojas de ruta. No nos dejamos llevar por nosotros mismos, por nuestra capacidad para guiarnos. Dejamos de recordar todo lo aprendido y todo lo que nos es propio a nuestra persona. Nos encomendamos a un líder, a alguien que nos diga lo que tenemos que hacer. Ello nos resulta más fácil, más cómodo, pero nos hace perder nuestra identidad como personas. Erramos y volvemos a tropezar con la misma piedra y no levantamos la mirada en busca de un sendero con menos obstáculos. Somos obstinados pero no en aquello que queremos. Somos contradictorios en nuestros juicios, en nuestras valoraciones y en nuestra forma de vivir. Tomamos café descafeinado, leche desnatada o cerveza sin alcohol. Nos da igual lo que realmente estemos tomando. Nos importa la superficie, lo que aparenta ser, aún cuando nada tenga que ver con la esencia de este. Profanamos tumbas y condenamos asesinatos, olvidamos genocidios y lloramos sucesos. Da igual que seamos hombres, basta con que sigan viéndonos como tales durante mucho tiempo.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Vidas léxicas


La existencia de una palabra está marcada por su significado. Existen y existieron palabras capaces de describir mundos enteros. De contar miles de historias y anticipar otras miles. Las palabras son la unión de letras, sonidos y nos sumergen en cientos de lugares y ni siquiera experimentan un ápice de la carga que implica ello. Las palabras matan, crean, hablan, viven, mueren, suben, bajan, enferman, vuelven y van, pero nunca pedirán disculpas, pues es el lector, culpable, el que las enmarca y les otorga un sentido concreto. De él y de su comprensión dependen para prolongar su estadía en nuestros simplones vocabularios. Desaparecerán sin dejar rastro, aún pudiendo tener un significado propio, debido a la capacidad creadora del hombre, de su continua actividad comunicativa y de los amplios campos léxicos en los que se plantan cientos de palabras a pesar de la voluptuosa e intensa actividad tempestiva que tiende a trastocarlas y modificarlas según convenga. De modo que su existencia puede en cierto modo verse marcada por un símbolo reconocido y aceptado, con el que habrán de cargar, aún sin tener ninguna conciencia de ello. Sólo las onomatopeyas carecen de esa forma de vivir tan dependiente y sumisa, pues da igual quién las pronuncie, siempre querrán decir lo mismo, sean fruto del ruido de una explosión, del chasquido de un árbol, del soplo del viento o de los ruidos de un animal. 

martes, 15 de septiembre de 2009

Creencias paralelas

Célebre es la frase de Ortega y Gasset que dice: Yo soy yo y mis circunstancias. Y es que basta razón tenía el ilustre filósofo madrileño. No soy lo que soñé, ni lo que quise soñar. Soy aquello que fui, aquello que viví, aquello que logré ser y me dejaron ser. Tras la muerte de una persona no queda aquello que merodeaba por su cabeza: sus sueños y deseos, sino que quedan las huellas, los pasos. El soldado al jubilarse vive de sus hazañas, de sus galones, galardones y medallas, pero su bravura, odio y valentía no fundamentarán su experiencia y sus vivencias. Todo quedará en el olvido. Probablemente el desgaste de la memoria hará también borrar los recuerdos de lo vivido, pero sus efectos, serán imborrables, pues irán inherentes en la propia personalidad del yo como sujeto. Aquello que quisimos ser pero no intentamos ser inevitablemente se convertirá en un fracaso, en una pequeña quemadura que aún no habiendo llegado a ser una herida en sí misma implicará una carga, pese a que no fue un error fruto de la experiencia y de nuestra realidad. El arrepentimiento de no habernos enfrentado a la vida de una determinada manera implicará un hecho. Quizás no un hecho visible para las demás personas, pero sí para nuestro interior y que tendrá sus efectos sobre nuestro camino mundanal, aunque desde otro prisma, desde otra realidad. Una realidad paralela que afectará a la material y en la que vivimos, pero que de alguna forma no podrá incluirse en nuestro curriculum. ¿De qué sirve pensar en lo buen escritor que era uno, cuando nunca llego a escribir una sola frase? Vale la pena arriesgarse, pues poco podemos perder.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Luces cámara acción


¿De qué sirve hacer una foto mientras viajas? Cuando vemos mundo lanzamos cientos de flashes tratando de captar cada instante, creyendo que de esa forma logramos perpetuar un recuerdo. Pasan los años, vemos y recordamos. ¿Pero realmente somos capaces de acordarnos de aquello que habíamos encuadrado y atrapado en una pequeña lente? Y si vamos más lejos aún... ¿Recordamos qué era lo que hacíamos mientras apretábamos el botón con el que captábamos la imagen? 

Lo más probable es que después de hacer la foto hubiésemos estado viendo si había salido bien o mal, si tenía poca o mucha luz y si de alguna forma podríamos tener un mejor recuerdo si la foto se pareciese más a la expuesta en las estanterías de las postales. Fotografiamos, grabamos en nuestros reproductores digitales y las ubicamos en el disco duro de nuestro ordenador, pero no estamos realmente guardando nada en el verdadero soporte de nuestros recuerdos. El de nuestro pasado y que sirve de síntesis de todo lo vivido; en el de la memoria. Y nuestra memoria no sólo se mantiene a base de imágenes. Las fotografías pueden servir de ayuda para vislumbrar mejor aquello que pudo apreciar nuestra retina, pero no pueden ser el fundamento de nuestros recuerdos, de nuestra experiencia, incapaz de ser minimizada en papel o por documentos virtuales con números infinitos. Nuestra memoria se nutre también de caras, de sensaciones, de experiencias. De victorias y de fracasos. De amor y de odio, de lágrimas y risas. Y sobre todo de suciedad, sobre todo si viajas mucho. Una foto nos puede ayudar, pues la memoria se desgasta, igual que todo, igual que nosotros, pero queda algo, quizás incapaz de ser representado por una instantánea, y de ser descrito ante los demás, pero eso que queda es mucho más importante y trascendental para nosotros, pues es lo que hace que sigamos vivos y que no olvidemos que somos personas y no símbolos.

viernes, 14 de agosto de 2009

Realidad o ficción


La vida es demasiado corta como para limitarla a un sueño. Aferrarnos a ellos es como dejarnos arrastrar por la corriente del mar. La satisfacción de llegar a tierra no es comparable a aquello que arriesgamos enfrentándonos al azar. A menudo pendemos de muchos hilos a lo largo de nuestra vida y creernos capaces de cortarlos o manipularnos según nuestros deseos es tenernos en demasiada estima. Somos una pieza más de un puzzle y aunque tengamos mucho margen de maniobra también estamos condicionados por las demás piezas, pues de otra forma no seríamos sinceros con la realidad que padecemos. Las piezas pueden encajar a la perfección en un momento determinado pero ello no implica que lo vayan a hacer mañana. El organigrama que representa nuestra existencia es muy variable, muy cambiante, difícil de predecir o de controlar, y muy fácilmente puede destruir nuestra comprensión, nuestros sentimientos y nuestras esperanzas hacia éste. Nos equivocamos atándonos a proyectos futuros, y aún más a representaciones imaginarias que sólo adquieren forma en nuestra cabeza. Es mucho más práctico enfrentarnos a los hechos partiendo de cero, sin ataduras o esposas, sin limitaciones, con amplitud, con menos que perder, con más que ganar; dejando de lado las confabulaciones y abriendo la puerta a los hechos, cimentando de esta forma un edificio, mucho más alto y más estable. Los sueños son necesarios para seguir viviendo, pero no hemos de olvidar que los hechos nos ayudan a no olvidar lo pasado. Apostar todo a una misma ficha es muy arriesgado y el pasado y lo bailao deberían enseñarnos a aprender de nuestros errores. Al fin y al cabo no hay dos piedras para tropezar en el camino si el camino escogido es el adecuado, o lo que es más importante, es el nuestro propio.

miércoles, 29 de julio de 2009

Fronteras de papel



¿Qué somos? Para el estado somos un nombre, con un sexo, una edad, una procedencia y una ubicación. Somos un número de una serie, inexistente hasta el instante en que tengamos capacidad de voto e improductivo hasta que nos llegue la hora de contribuir. Desde arriba no somos sino pequeñas hormigas que conviene tener ubicadas en un afán de control que supera las cotas de libertad individual que afirman defender los políticos. Somos una dirección a la que deben llegar nuestras multas, nuestros impuestos y la propaganda de los partidos políticos, pero a la que nunca arribará una felicitación de navidad. Vivimos en un sistema que nos encasilla, en un piso de una calle de una determinada ciudad. Eso es lo que somos, el propietario de ese enclave, y nuestra existencia se limita a ello. No importa si nosotros deseamos ser identificados como habitantes de ese determinado lugar, el estado se adelanta a tal propósito colocándonos un cartel. De esta forma nuestra identidad marcada por el DNI da muestras del sedentarismo del sistema, de su rigidez y hermetismo. No importa si un ciudadano puede vivir a lo largo del año en distintos lugares, o que simplemente no se siente identificado como habitante de un determinado lugar, el estado le obliga a sentirse parte de una burbuja que poco tiene de natural. El hombre en su afán de posesión se siente propietario de todo lo material, incluso del mundo, ese que da cobijo al cielo y la tierra, a lo material e inmaterial y de cuya existencia parece depender nuestro propio cosmos. El hombre planta su bandera en lugares de los que se siente legítimo poseedor, aún cuando otros tantos habían habitado, visitado o conocido antes. El mundo carece de dueño y simplificar su composición a simples parcelas resulta despreciable, pues su cuidado y conservación debería gestionarse desde una perspectiva mucho más amplia. Vivimos en un mundo marcado por el conflicto y la violencia, en el que la posesión del dominio siempre tiene un papel clave. La reivindicación de un recurso, de una parcela, de unas fronteras, de una bandera empuja al hombre a sacrificar su vida y lo que es más grave aún, la de los demás. El origen de la guerra se haya en el sedentarismo, pues un mundo de carácter nómada e itinerante en el que todos seamos iguales en procedencia pero distintos en sueños, en metas y en objetivos marcaría una existencia pacífica en este mundo tan amplio y complejo como para simplificar en parcelas, números y nombres.

La debilidad de nuestras ideas


¡Las ideas! ¡No son más que unas azotacalles, unas vagabundas que vienen a llamar a la puertecilla falsa del entendimiento, y cada una os roba algo de vuestra sustancia, cada una se lleva alguna migaja de aquella creencia en unos cuantos sencillos conceptos a los cuales tenemos que agarrarnos, si es que queremos vivir decentemente y morir bien!
             
                                                           Lord Jim, Joseph Conrad

La realidad es infinita, por tanto imposible de dividir en pequeñas partículas llamadas ideas, pues siempre tratarán de sintetizar vagamente existencias mucho más amplias y complejas. Son trazos irregulares que buscan copiar la definición de rectitud, aún cuando esta sea imposible de representar por la mente humana. El hombre con su entendimiento y sus defectos es incapaz de comprender lo que le rodea, es posible que sus construcciones intelectuales lleguen a gozar de una verosimilitud y de una apariencia que hagan sentirnos atraídos por su fuerza interna, pero siempre guiados por nuestra mente humana. Intentar encajar nuestros pensamientos en el esquema de las ideas extramentales y del mundo de la razón es prácticamente imposible, impensable, pues pertenecen a otra esfera, a la que no tenemos acceso, y de la que no debemos creernos partícipes. El individuo no goza de la suficiente fuerza, y es su autoestima y son sus sueños lo que le empuja a situarse más allá de sus capacidades. Los límites deben ser marcados por el propio hombre, de otro modo caeremos en el error e iremos mermando nuestra alma y en parte la de nuestros semejantes. Cada vez que tratamos de crear un círculo más amplio de lo que puede llegar a ser, estamos minando nuestra existencia y la del mundo que nos rodea.