domingo, 2 de enero de 2011
Flores
Para ser honesto con uno mismo y con los demás, y seguir soñando, es necesario ir deshojando una margarita con el paso del tiempo, y no tirarla al suelo hasta que no queden más hojas. Para evitar chafar pronto la flor, hay que cortar muchos tallos antes del invierno o por el contrario puedes decidir quemar un jodido bosque.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Orgullo, sustancia y tiempo.

Perverso mundo pervertido por la moral que ensalzas al levantarte.
Enfermizo velo de la tupida copa del árbol del vino que se erige sobre el fango en el que brindas. Amargo sabor que paladeas sin cesar, caducos frutos que exprimieron tiempo atrás.
Tú, insolente. Reniegas de mi inspiración y de mi cuerpo. De los fragmentos que componen tus vaivenes nocturnos. De tus sonoras gestas, de tus privados placeres.
Te crees y te pruebas en otros licores. Te eriges de nuevo en ti mismo, olvidándonos. Me abandonas al acecho cada mañana. Pero al final… vuelves una y otra vez. Me reclamas, y suplicas. Ocultándome tras tu lozano rostro salpicado de inocencia.
Sin embargo llegará un día en el que te dejaré. Y nada te quedará.
Serás paladín de las ideas que transgrediste, camarada de aquellos a los que odiabas en secreto. Dejarás de ser, y morirás arrepentido de las infidelidades con que me ultrajaste tantas veces.
Enfermizo velo de la tupida copa del árbol del vino que se erige sobre el fango en el que brindas. Amargo sabor que paladeas sin cesar, caducos frutos que exprimieron tiempo atrás.
Tú, insolente. Reniegas de mi inspiración y de mi cuerpo. De los fragmentos que componen tus vaivenes nocturnos. De tus sonoras gestas, de tus privados placeres.
Te crees y te pruebas en otros licores. Te eriges de nuevo en ti mismo, olvidándonos. Me abandonas al acecho cada mañana. Pero al final… vuelves una y otra vez. Me reclamas, y suplicas. Ocultándome tras tu lozano rostro salpicado de inocencia.
Sin embargo llegará un día en el que te dejaré. Y nada te quedará.
Serás paladín de las ideas que transgrediste, camarada de aquellos a los que odiabas en secreto. Dejarás de ser, y morirás arrepentido de las infidelidades con que me ultrajaste tantas veces.
lunes, 16 de agosto de 2010
Elogio de la palabra

Todavía recuerdo cuando yo solía escribir. Al amanecer apuraba las últimas líneas, tras haberme refugiado en la oscuridad de la noche durante tanto tiempo. Contemplaba la hoja y me sentía libre. Escribía porque me sentía vivo, y aun acostumbrado al hedor de la muerte, componía frases, redactaba párrafos e incluso contaba historias que creía ya haber vivido.
La muerte era algo tan familiar como lejano. Y cada una de sus terribles melodías me obligaba a buscar una nueva letra para mis caducas canciones.
Me sentía vacío y jugaba con el tiempo, contando minutos, viendo pasar las horas. Denunciaba desde los altares de la inmortalidad, y olvidaba las responsabilidades del que vive. Los pasatiempos, los juegos, la estulticia y la ignorancia que arrojaba por la borda, quedándome tan solo con el fulgor de mi pluma, con mis sueños y mi ego.
Me embelesé entonces con el aroma del forzado encuentro. Busqué acaso, en vez de esperar a lo fortuito y casual. Me vendí a las circunstancias, olvidándome de mí mismo, satisfaciendo a su vez la ignorancia del que cree. Manché mis líneas, y dejé que se oxidasen.
Otorgué, y fui empujado a las tinieblas, al paredón de los sueños quebradizos, Me asomé por los balcones de la ignominia mundana, resalté momentos que me fueron ajenos, e incluso llegué a compartir las ideas de los muertos.
Hoy extasiado y humillado. Víctima de mi condición de individuo, consciente de mi papel como ser humano, vuelvo a sostener esa pluma que me hizo vivo, que me salvó de la corriente del tiempo, que me amparó en la soledad y me salvó de las garras de la muerte.
La muerte era algo tan familiar como lejano. Y cada una de sus terribles melodías me obligaba a buscar una nueva letra para mis caducas canciones.
Me sentía vacío y jugaba con el tiempo, contando minutos, viendo pasar las horas. Denunciaba desde los altares de la inmortalidad, y olvidaba las responsabilidades del que vive. Los pasatiempos, los juegos, la estulticia y la ignorancia que arrojaba por la borda, quedándome tan solo con el fulgor de mi pluma, con mis sueños y mi ego.
Me embelesé entonces con el aroma del forzado encuentro. Busqué acaso, en vez de esperar a lo fortuito y casual. Me vendí a las circunstancias, olvidándome de mí mismo, satisfaciendo a su vez la ignorancia del que cree. Manché mis líneas, y dejé que se oxidasen.
Otorgué, y fui empujado a las tinieblas, al paredón de los sueños quebradizos, Me asomé por los balcones de la ignominia mundana, resalté momentos que me fueron ajenos, e incluso llegué a compartir las ideas de los muertos.
Hoy extasiado y humillado. Víctima de mi condición de individuo, consciente de mi papel como ser humano, vuelvo a sostener esa pluma que me hizo vivo, que me salvó de la corriente del tiempo, que me amparó en la soledad y me salvó de las garras de la muerte.
sábado, 26 de junio de 2010
El tiempo

Para escribir se necesita tiempo.
No hablo de tiempo como espacio vacío en una agenda, ni como instantes robados a la muerte.
Con tiempo me refiero a la sucesión de acontecimientos. A la continua interacción del individuo con su entorno, al aprendizaje, y a la adaptación al mundo en el que vive.
Resulta paradójico que cuanto más conocemos más alejados nos encontramos.
Con el paso del tiempo, esa línea que separa lo vivo de lo muerto, lo esteril de lo fertil, lo vano de lo trascendental, nos resulta menos estrecha.
Con el paso de las horas sustituimos unas ideas por otras. No obstante, terminan siempre floreciendo las mismas preguntas: ¿Quién puso en marcha el reloj?, ¿Cómo funciona este realmente?, ¿Qué somos sino esclavos de las agujas del mismo?, ¿Cuándo dejará de sonar ese tic-tac?
Me pregunto entonces por qué escribir cuando no se vive, cuando no se es.
¿Por qué no despedirse del mundo en vez de prolongar la agonía del mismo en forma de frases decapitadas? ¿ O acaso vivimos en un continuo engaño y en el fondo somos inmortales? ¿Cómo saber pues, cuándo vivimos y cuándo no? ¿Cuándo escribimos realmente y cuándo hacemos simples garabatos?
Cada vez estamos más cerca del mundo y más lejos de nosotros mismos.
Quizás sea el momento de dejar de serle infiel a la muerte.
viernes, 18 de junio de 2010
Un episodio cualquiera
Sentado junto al mar, mirando a las estrellas, escribo historias que un día soñé.
La brisa, hipnotizante, me embriaga. Me veo reflejado en cada palabra, en cada suspiro y en un único aliento. Permanezco callado, sin embargo tengo tantas cosas que decir…
Cuento cada grano de arena e intento lanzarlo al infinito. Sobre él trazo cientos de líneas, que son engullidas por la oscuridad. Las sombras me impiden continuar mi labor.
Estoy solo en la playa, tan lejos de alguien.
Extiendo los brazos, también el cuerpo. Me tumbo en la arena.
Ahora estoy más lejos de los astros celestiales, más cerca de esa gente. Pero todavía me veo incapaz. El aire golpea mi mejilla, y hay tantas anécdotas que contar, tantas disputas que zanjar. Mañana amanecerá de nuevo, y yo seré una persona más.
jueves, 20 de mayo de 2010
lunes, 17 de mayo de 2010
Fatiga

Creo embriagarme con el aroma del infinito. Aunque lejos de ser autocomplaciente, asqueado de otros olores que pudieron confundirme, consciente de la esencia de lo intangible, me asomo al mundo buscando un nuevo perfume.
Las palabras, caducas, se me atragantan. Y ya nada me hace joven.
Busco en mi memoria frases, sentencias... Pero sólo estoy yo, y me basta.
lunes, 3 de mayo de 2010
Entre el cielo y la tierra

Recojo los frutos de un árbol podrido, mientras me deslizo por las líneas del infinito. Reniego de los astros celestiales, mientras observo mi rostro en el agua.
Hurgo en las huellas de la inmensidad tras despojarme de mi condición humana.
Me cruzo con unicornios y dragones. Creen abatirme, siendo yo vencido en cientos de batallas. Pero no abdicaré. Desde lo alto de la montaña grito con ímpetu a mis enemigos. Aun al borde del abismo me siento más fuerte que nunca. Algún día regresaré a la tierra que una vez me vio vivir.
Hoy afilo las lanzas, empuño más fuerte la espada. Resuenan vitores de guerra. Más allá, los ecos de mi voz.
Impregna de verde el ambiente un fragante aroma.
Pronto se difumina entre el hedor de las sombras terrenales. Aún no es tiempo de marchar a los Campos Elíseos.
sábado, 20 de marzo de 2010
Ma Vlast

Amo mi patria. Allí nací. En ella me crié y moriré de igual manera. Cuando lejos marcho añoro el sonido del viento al soplar. El inmenso azul del mar y su fuerza golpeando la tierra sobre la que se erige mi morada.
Allí nunca hubieron murallas, ni tampoco verjas o alambradas.
En las casas viven las gentes y los techos les dan cobijo. El agua brota de la fuente y sacia al sediento, los animales pastan en el campo y alimentan al hambriento.
No conocemos la guerra ni cadenas que nos opriman. No hay símbolos, ni escudos o banderas. Cantamos a la lluvia y rezamos al sol que nos ilumina. Un crisol de colores y estampas se entremezclan en el valle y nos embriaga el olor de la bendita madreselva.
No tenemos un pasado, pero sí un futuro. Desde el escarpado relieve del horizonte oriental, desde la añil ventana del horizonte occidental. Desde donde nace hasta donde muere el ambarino astro celestial soñamos nuestros propios sueños, hablamos nuestras propias lenguas pero cantamos las mismas canciones. Los músicos no utilizan partituras, y los escritores no necesitan de una pluma para contar sus historias.
Las gentes viven y mueren, caminan y no deambulan. No se aferran a sus sueños porque se desprenden de ellos y los hacen realidad.
En mi patria no conocemos la libertad porque nunca nos la han arrebatado.
En mi patria no conocemos la libertad porque nunca nos la han arrebatado.
sábado, 6 de marzo de 2010
Un día más

Sobre la mesa un bote de tinta vacío. Dejo la pluma aparcada junto a los deshabitados márgenes de la hoja. Inmaculada como el nácar, blanca como la nieve da cobijo a mi inútil instrumento. Lo coloco en horizontal. Invitando a la pluma a trazar una letra de un momento a otro, esperando estrenar el folio, empezar un nuevo vals, pero no queda tinta en el tintero. Me asomo a la ventana y es de día, apago la luz que iluminaba mi cuarto mientras era de noche. Miro al Sol y la pluma sigue quieta. Siento una suave brisa en mi cara, escucho el ruido que hacen las palomas al marchar del alféizar de mi ventana, tras haber buscado cobijo en él durante la noche. A veces su angustioso llanto me molesta, hoy el mismo arrullo me ayuda a pensar. Sigo vivo y el tiempo pasa. El folio sigue vacío, y ha pasado otro día más.
Entre granos de arena

En la inmensidad del desierto una inapreciable locura cree socavar mi voluntad, se engaña creyendo coger las riendas de mi destino, piensa es mi guía, la luz que ilumina mis pasos que quedan marcados en la arena. A lo lejos un oasis, y no por no ser mi razón la que es capaz de dilucidar la existencia de tal paraíso en el infinito pierdo la fe. No es la demencia la que me droga y me engaña, alienándome de tal modo que abandono cualquier rasgo del raciocinio que un día tuve. No, soy yo el que me amparo en ella, buscando en la enajenación un nuevo estado en mi vida, que sea capaz de suprimir las desgracias del anterior. Lo mortal y material, lo insuficiente e insaciable para mi alma. Busco una nueva alienación que sepa revelarme de un modo más fehaciente los frutos que se esconden más allá del yermo páramo.
He acudido yo a ella y si me atrapa será una consecuencia de la decisión que un día tome. Pero conservo mi libertad. Mi voluntad me pidió un día avanzar al margen de las sombras que me pedían no hacerlo. Quizás en el fondo de esa enfermedad que hoy adquiero voluntariamente se encuentre la lucidez con la que un día quiero iluminar un sendero en el que hoy soy tan vulnerable.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Historias en una Iglesia

Distintas manos que aquellas que lo tallaron van rozando el bruñido ataúd. La funeraria no ha tardado en exigir el obligado peaje que resta al alma para ir al cielo, y los vivos lloran a los muertos. El cura canta misa, ofrece palabras de consuelo mientras las miradas se pierden en el tenebroso vacío de la iglesia. Su timbre de voz infunde pavor a las masas laicas. Retumban los ecos, las lágrimas no dejan de brotar y unos hieráticos individuos esculpidos en piedra hace más de mil años observan a aquellos extraños visitantes. Reina el silencio, el miedo a la muerte, el apego a los recuerdos, todavía aun tan cálidos y cercanos. Filas de butacas pobladas de personas miran en dirección al altar. Se postran ante aquel Dios que dicen venerar y jamás visitan. Ingratos se acuerdan de él cuando tachones en números de la agenda obligan a aferrarse al tiempo. Al sonido del reloj, a un nuevo amanecer. No suplican por la muerte, por aquello que hay detrás de la muerte. La permanente oscuridad de una noche de invierno, a la que algún día sucumban, dejando la luz que ilumina sus senderos.
Se refugian detrás de agujas a sentimientos y a recuerdos como a objetos que tal vez poseyeran y nunca quisieron compartir. Un rostro sostenido por una sotana virgen, impoluta, agita los sentimientos de estas personas. Los 12 hijos de Jacob ríen. Inmortales descansan en paz, seguros del papel que desempeñaron. Con el orgullo de ser recordados, con la certeza de saber quienes fueron, y con el asco de ser pasto de las cabras, que manipulados por el pastor acuden a adorar al hijo Dios. Las rodillas de los hombres vencidas al fin regresan a su estado natural, dirigiéndose con apremio a su hogar de nuevo. El Dios padre vuelve a ser abandonado por sus hijos. Pronto la muerte llamará de nuevo a las puertas de la iglesia. Las campanas, su eco... Entonces distintas rodillas caerán sobre el piso de la Iglesia. Los hijos de Jacob volverán a despertarse, con una sonrisa entre los labios, con el mismo regocijo de siempre. Mientras, el Dios padre derrama lágrimas, por la muerte de un hijo suyo, por la vida de muchos otros.
lunes, 22 de febrero de 2010
La eterna lucha

¿Pescarás con anzuelo a Leviatán, sujetarás su lengua con cordeles?
¿Le pasarás un junco por la nariz, traspasarás su mandíbula con ganchos?
¿Te vendrá con largas súplicas y te hablará con voz humilde?
¿Hará contigo el trato de ser tu siervo de por vida?
¿Jugarás con él como con un pájaro, lo atarás para diversión de tus hijas?
¿Lo pondrán en venta los asociados, se lo disputarán los mercaderes?
¿Le acribillarás la piel con dardos, su cabeza con artes de pesca?
Ponle la mano encima: ¡te acordarás de la lucha y no insistirás!
Tu esperanza sería ilusoria, pues sólo su vista aterra.
No hay audaz capaz de provocarlo, ¿quién puede resistirle frente a frente?
¿Quién le plantó cara y salió ileso? ¡Nadie bajo los cielos!
Job 40:25-32;41:1-3
El atentado a las torres gemelas, tras años de estabilidad y de prosperidad (aparente desde luego) inauguraba un nuevo capítulo de la historia de la humanidad, ya otras muchas veces vivido y que de nuevo se repite; el de la lucha entre el Estado y el individuo. El estado de excepción, las restricción de los derechos individuales en favor de la seguridad pública, las violaciones reiteradas de los mismos, en una de las democracias más viejas del planeta, y primera potencia mundial. Guantánamo simplifica perfectamente una lógica maquiavélica. El individuo pierde su posición privilegiada como firmante de un pacto social, para convertirse en títere de las voluntades de un Estado dirigido por una minoría, que siempre, al menos en nuestros tiempos modernos, carece de la preparación necesaria como para asumir ese reto y las responsabilidades que se autoatribuyen, y que incluso el ciudadano guiado por el miedo y la manipulación de los medios de comunicación - cómplices de las clases gobernantes - llega incluso a refrendar tales actuaciones en las urnas (ejemplo de ello es la victoria electoral de Bush en 2004).
Y no es que esas violaciones de los derechos pertenezcan exclusivamente a la contradictoria - al menos teórica - lógica de los neoliberales, o de los neoconservadores y siempre presentes reaccionarios. Sin ir más lejos el premio Nobel de la paz Barack Obama y el laborista Gordon Brown han protagonizado episodios similares con la implantación de escáneres corporales. De igual manera que la cárcel de Guantánamo continua abierta tras haber incumplido el presidente norteamericano su promesa de cerrarla en el plazo de un año.
Muchos opinarán que se mueven guiados por el interés general y que su capacidad de liderazgo merece nuestra insumisión. Pero yo como individuo me niego a realizar semejante acción en detrimento de mis derechos naturales, y de mi dignidad personal. La manipulación de los medios, los intereses corporativos, la demagogia de la clase política, la corrupción, la falta de espíritu crítico en el seno de los partidos políticos, y la degradación además de la siempre constante ambición de los dirigentes obliga a desconfiar de toda esa parafernalia que mediante el voto ciudadano se llega a convertir en gobierno del Estado.
No obstante, no volveré a caer en el cinismo y admitiré que el actual sistema democrático es el mejor esfuerzo habido hasta la fecha de los gobernados de poner coto a los abusos de poder.
Pero lo cierto es que el Estado es un monstruo difícil de controlar, imagen de un poder absoluto y de una tiranía que sólo el activismo del ciudadano puede llegar a frenar. Ese Leviatán de Hobbes que años después, y con el triunfo del Estado liberal sigue constantemente acechándonos en forma de abusos, que por mínimos que sean evidencian el carácter de ese demonio.
Los tiempos han cambiado y si bien no en todos los países, en muchos de ellos, las barricadas y los asesinatos han sido suprimidos en aras de la convivencia y del equilibrio social por interpelaciones, inputs, manifestaciones, boicots y decenas de instrumentos con los que el ciudadano puede reafirmar su existencia y sus intereses.
La sociedad en convivencia y asociación a través del Estado destaca en importancia por ser un medio y no un fin. Así por tanto un instrumento con el que proteger cada uno de los intereses individuales que existen en el conjunto del mismo, porque lo que bien puede ser positivo para uno, puede no serlo para otro y viceversa, y la insumisión del afectado en cada caso sólo sería muestra de pasividad, en el caso de no existir un espíritu individual por parte del mismo, o por la no-actuación fruto de la opresión de un sistema que impide reclamar tus derechos, que el mismo perjudica.
Cuando el Estado es un fin, se aleja de sus funciones y adquiere rasgos totalitarios. No se aglutinan los intereses de cada uno de los miembros de la comunidad, sino que la minoría gobernante impone aquello que dicta su conciencia. No hace falta constatar que ese proceso lejos de ser revolucionario, científico, histórico o liberador es opresivo e impone voluntades de unos sobre otros. Sólo mediante el pacto social, puede haber una defensa de intereses, y no una superposición de unas doctrinas, sobre otras, y que si bien pueden ser comprehensibles y estar fundadas en la razón, no lo pueden estar para otras personas, que verán en el Estado una imposición material y espiritual, siempre y cuando no defienda sus derechos o acaben por sucumbir al mismo, y terminando al fin por comulgar con el mismo.
El papel del individuo ante esta amenaza es el de no aceptar nada que venga desde arriba sin control. Es el no ser sumiso, pues siéndolo pasa a ser un hombre-masa, sin moral, guiado por el conjunto y que acata todo aquello que provenga del movimiento, del embrión de ese futuro Leviatán, y detrás del que se esconden personajes de carne y hueso. El hombre se convierte en esclavo, en una partícula de arena, obligada a formar parte de esa indivisible realidad perdiendo su libertad, su condición inherente como individuo de poder elegir, y que le obligará a vivir arrodillado o dejar de hacerlo. Es el discurso del engaño, que mediante el odio y la demagogia trata de dormir a las personas, y atentar contra su razón, que les permite pensar y su libertad, que les posibilita decidir qué pensar.
La imposición, a costa del conjunto, del todo. ¿Es sucumbir a ella la única opción para salvaguardar nuestra seguridad? Lo cierto es que no, y tampoco sugiero vivir permanentemente con un rifle debajo de la almohada, siendo nuestros únicos guardianes. Y lo digo porque el mismo potencial de autoridad y de infinito poder que puede llegar a tener el Estado, lo puede tener de protector.
Es la lucha constante entre el espíritu humano con origen en su resistencia a ser aplastado como persona y el Leviatán, lo que nos hace animales sociales, y no esclavos o náufragos.
Esa lucha siempre recomienza, y los abusos de poder obligan a permanecer ya no alerta, sino en primera línea de batalla. Para envestir con fuerza contra ese monstruo, y no herirle mortalmente, como buscaba el capitán Ahab a la gran ballena blanca en Moby Dick, sino más bien encontrando el sentido de nuestra existencia como haría más tarde Santiago en el Viejo y el mar de Hemingway.
Es la lucha entre pez enorme, ballena o Leviatán,, y el hombre lo que da sentido a nuestra existencia, lo que posibilita el progreso, y lo que nos da un papel en el tiempo y no hundirnos en la profundidad del océano.
La historia del pueblo judío (precisamente fueron los que acuñaron el término de Leviatán, seguramente por un tipo de monstruo enorme - pez, ballena, cachalote...- que solía rondar por la costa) sirve como paradigma de la historia de la humanidad. El pueblo elegido, indefenso y desvalido, atormentado y castigado en innumerables ocasiones, consigue al fin un lugar en el que descansar bajo el azul del cielo. Pero entonces en el instante en que funda su propio Estado y deja de estar desprotegido se venga de aquellos males que padeció y precisamente los infringe en casa ajena. Es la fuerza de la seguridad, del Leviatán. El poder de tener una protección superior, que si bien legal y no Divina hace a los hombres creerse capaces de poder aplastar a los hombres. Es aquello que hace sucumbir a los hombres al Leviatán y llevarnos al fondo del océano.
Debemos estar alerta, pues si bien necesitamos de él para que luche contra nuestros enemigos, hemos de llegar a someterlo domesticándolo, conociéndolo bien, enfrentándonos a él, y no dejar que algún día tenga la suficiente fuerza como para devorarnos.
domingo, 31 de enero de 2010
La insuficiencia de la escritura

Un escritor transmite ideas, conceptos fundamentales. Pero, ¿hasta qué punto estará familiarizado con unos pensamientos que busca plasmar en el folio e involucrar al lector en la lectura e interpretación de los mismos? El mediocre pensador vivirá de la apariencia. Desarrollará conceptos vagos, parcialmente comprendidos, repetidos la mayoría de veces, mas no aprehendidos de la forma que debería para sentirse digno de que otros puedan ser susceptibles de leerlos. El sabio sin embargo con anterioridad al uso de la pluma, sin realmente saber que llegaría a ver plasmadas sus cavilaciones en frases y textos, habrá sido partícipe del contenido esencial de aquello que tratará de abordar de forma escrita, o bien oral si no llegase a ser recogido mediante la escritura. La iluminación, la originalidad, la perfección son condiciones fundamentales para un buen escritor que se crea merecedor de escribir cosas, de que la gente dedique su tiempo en leerlas y de que sea pagado por ellas. De otra forma parafrasea, engaña o ignora.
domingo, 24 de enero de 2010
Ocaso

Duermo de día y muero de noche. Lo sé porque sólo vivo en mis sueños y es entonces cuando me veo infinito ante tus ojos. Sin embargo soy noctámbulo y la oscuridad cubre mis ilusiones. Guardián de la Luna reniego tristemente de su brillo. Demás estrellas me vigilan y sin querer les doy la espalda. La verdad que podría verlas, pero me lo impiden otras, que ya vi hace tiempo y que me fueron advirtiendo. Hoy ya es tarde y la vieja Luna y yo nos conocemos demasiado. Tantos pasajes de batallas entre cielos y estrellas, entre fuegos y espadas y olas de mares en playas.
Nunca me ha querido, y en el ocaso de nuestra existencia, demasiado herido ya, quiero terminar de sucumbir ante el poder de su sombra, aunque en el fondo diga en voz baja que anhelo seguir durmiendo aunque mañana no amanezca.
lunes, 18 de enero de 2010
Te vigilo

Atento. Venceré. Sé que podré llevarte conmigo al otro lado, allí donde no hay luz y otros te esperan, allá donde habitan las difusas almas del viejo recuerdo que aguarda tu llegada, recomponiendo los trozos del mapa que un día trazó, marcó y os unió. Te arrastraré en mi viaje, acabando con lo esencial de tu existencia. La tristeza de la decrepitud, el desgaste de la carne. Te aparto de tus últimas miserias, te convido a probar el sagrado fruto de la soñada juventud. Te aferras a la agonía del sufrimiento y me niegas como otros lo hicieron. Pero serás derrotado. Porque volverás a ser tú mismo y más aun. Cortarás las cuerdas que te ataron, quebrarás las cadenas que te oprimieron, apagarás el fuego que te abrasó. Aprovecha el secreto que hoy te confío, siéntete partícipe del poder que detento. No me olvides, no te olvides a ti mismo.
Un vaso vacío

Sobre la mesa una botella de vino descorchada casi muerta. Junto a ella un vaso, vacío de tus lágrimas, que un día abundaron y hoy ya dejaron de existir. Llena sin embargo de mi brebaje. Bebo de la copa, un trago tras otro. Mi paladar aprecia las propiedades que hacen único este bendito caldo y pienso. Me sumerjo en mis hoy ya inútiles recuerdos, que de poco me servirán con tu marcha. Ebrio rompo el vaso quebrando cualquier vínculo contigo. Me alejo de tu mundo, me acerco a uno más transparente que me ofrece este espléndido néctar. El elixir de los Dioses, que me convierte en uno de ellos, alejándome de las desdichas que me ofreciste, de aquellos sollozos que sólo yo supe ver y que ahora por fin quemo con el agua de la tierra.
domingo, 17 de enero de 2010
Gotas de agua

Observé el tibio reflejo de tu semblante en aquella gota. Caía, y luego caía otra. Ya no eras tú. Pero volvía a verte de nuevo. Distinta de la que aquellos impíos ojos míos vieron antes. Vagaban imágenes por el trasfondo de mi memoria. Habías cambiado, yo había cambiado también. Se distorsionaba el recuerdo que en mí habitaba, cambiaban mis sentimientos hacia ti. La vida nos había pasado factura y mis lágrimas chocaban con las gotas de agua junto al vaso. Cada vez más lejos del recipiente que nos contenía, cada vez más lejos de mis labios. Lanzaba plegarias al cielo. Nacía en mí un efusivo y enérgico impulso de intentar recuperarte, de volver a tenerte junto a mí, de luchar contra el tiempo, de vencer a la muerte. Quería distinguirte en la inmensidad de aquel torrente, quería controlar el cauce de aquel desbordado río. Te veía y no eras tú. Me desvanecía en medio de aquel sufrimiento, y tú mientras me mirabas... La crueldad del destino se había apoderado de nosotros y manipulaba nuestros sentidos. Me hablabas y ya no te creía. Me amabas y ya no te quería. Estabas tan lejos, y yo tan cerca...
martes, 12 de enero de 2010
Manifestaciones alimenticias

Como es común en nuestros días hacer gala de la más absoluta extroversión, que no despótica, al menos por mi parte, declararé mi apoyo a dos manifiestos que veo importantes.
1. El manifiesto en defensa de los derechos fundamentales en internet.
2. El manifiesto en defensa de la libertad de decidir qué alimento tomar.
El primero es bien conocido por la mayoría y no entraré en detalles. El segundo se me acaba de ocurrir y como en la red todo vale, al menos en cuanto a supresión de la intimidad y del espacio privado se refiere, pues me animo a declararme en favor de la libertad de poder decidir qué alimento tomar. Evidentemente demasiadas cosas deberían de pasar para que se cumpliese este postulado. Primero que personas que ni siquiera pueden comer algo y que mueren de inanición pudiesen tener acceso a distintas variedades de alimentos. Y segundo, que personas que siguen los más estrictos dogmas nacidos de su religión, dejasen de lado sus creencias, para disfrutar del placer prohibido en forma de bocadillo de jamón, leche recién ordeñada o de filete de ternera sacrificado mirando a Pamplona y ampliasen si bien no se consiguiese de esa forma sus horizontes culturales, al menos sus horizontes gastronómicos. Como no voy a ser menos, me voy a amparar en una frase de un texto religioso, para fundamentar mi manifiesto en algo más que en el placer de comer - que no es poco, ojo -
"Infundiréis temor y pavor a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todo lo que repta por el suelo, y a todos los peces del mar; vuestros son. Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento: todo os lo doy, lo mismo que os di la hierba verde" (G n. 9,2-3).
Por cierto, olvido incluir una cláusula, y es que el consumo del alimento en cuestión se haga respetando la materia prima, evitando en la medida de lo posible los productos químicos que alteren el verdadero sabor del mismo y por último tratando de garantizar la continuidad de las especies vegetales o animales (desde luego no a partir de la sobreexplotación abusiva del medio). Así pues, saludos y buen provecho a aquellos que secunden mi manifiesto.
PD: No hay nada mejor que una comida para limar asperezas, y si los comensales se respetan unos a los otros y no juegan con ella, resulta sencillo entenderse. Falta un buen licor que todos estén dispuestos a probar.
viernes, 8 de enero de 2010
Sin ti no soy nada

“Cuando alma y espíritu/ y cuerpo sepan,/ y la luna sea bella porque la amé/ y el mundo esté parado al filo/ de la memoria y/ sangre la luz detrás/ del baño de su gracia,/ obligaremos al futuro/ a volver otra vez. Allí/ todos los ojos serán uno/ y la palabra volverá a palabrear/ contra sus criaturas./ Se acabará la eternidad y el poema/ buscará todavía su/ tripulación y lo/ que no pudo nombrar, tan lejos”. Juan Gelmán (Sucederá)
Dicen que en el fondo no existes, que todo lo que se ha dicho de ti son leyendas, falsas profecías de egocéntricos personajes, bulos creados para engañar a los ilusos, a los dementes, a los adúlteros visionarios, esclavos de la utopía. Aun así continuo intentando soñar contigo. Te veo junto a mí, sonriendo, borrando el dolor de las horas, cortando con fuerza el fragor de las olas. Me ayudas a imaginarte en un tiempo aun por venir, y a la vez me ayudas a imaginarme a mi mismo. Te necesito en este instante, para no estar de espaldas al mundo en que me gustaría vivir, deshonrando a mis antepasados, perdiéndome en los reflejos que no supe vislumbrar, pero a la vez seré egoísta y exigiré tu presencia mañana. No quiero que un día, tras haber coronado aquella cima te hayas diluido en la historia, y que no hayas sido más que un episodio cualquiera, una mera casualidad. Quiero imaginarte blanca como el nácar, inmaculada y virgen como la nieve que hoy atraviesa mi ventana y trata de helar mi espíritu. Nada me importa, pues con fuerzas me veo de enfrentarme a ella. Sé que tú me estás ayudando, y que no debo de dejar de pensar en ti para que algún día tenga la seguridad de estar sentado a tu lado, cerca, muy cerca.
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